En las semanas siguientes, Napita aprendió los alrededores de la cabina, los puntos de agua, los caminos seguros, los lugares donde una persona podía esconderse si llegaba.
Elías viajaba de ida y vuelta con menos frecuencia, y cuando lo hacía, se comportaba con una firmeza tranquila que hacía cesar los susurros, porque a él ya no le importaba agradar.
Natap nunca volvió a hablar del mismo modo que lo hizo en la plataforma, porque no necesitaba una máscara en la cabina, y las máscaras pertenecían a la supervivencia, no a casa.
A primera hora de la mañana, mientras el sol se enrojecía en el desierto y el aire se enfriaba, ella se paró en el porche y dijo más verdades sin pestañear.
Si quieres que me quede, me quedo como mujer libre, dijo ella, y Elías respondió con las únicas palabras que importaban: Ya lo eres.
En ese intercambio silencioso, la crueldad del remolque perdió su derecho, porque la libertad, como decíamos claramente, puede convertirse en una frontera que la cuerda no puede sujetar.
