Ni odio.
Solo indiferencia.
—Cuida a tus hijos —dijo—. Todos ellos.
Y se fue.
Un año después, Clara caminaba por el Sena mientras Nicolás, ya fuerte y risueño, corría tras unas palomas.
Su vida no era perfecta.
Pero era suya.
Tenía trabajo estable.
Amigos.
Paz.
Y dignidad.
Su teléfono vibró.
Un mensaje de un número desconocido.
Era Mercedes.
Solo decía:
“Los niños están bien. Gracias.”
Clara miró a su hijo.
Y, por primera vez, entendió que no necesitaba rencor para seguir adelante.
Guardó el móvil sin responder.
Nicolás volvió corriendo hacia ella, riendo.
Lo levantó en brazos.
—Vamos a casa.
Mientras caminaban, Clara pensó en aquella fiesta, en el pasillo, en el sobre lleno de dinero.
En la mujer que había sido.
Y en la que era ahora.
Y comprendió algo simple y poderoso:
A veces perderlo todo es la única forma de encontrarse.
Y por fin, después de tanto dolor, Clara Álvarez era libre.
