El nombre que Javier nunca quiso, porque prefería uno que “sonara a heredero”.
Clara lloró en silencio mientras apoyaba la mano en el cristal.
No por dolor.
Por alivio.
El médico fue claro: el parto se adelantó por el estrés. El niño necesitaría semanas de cuidados, pero tenía buenas probabilidades.
Javier llegó horas después.
Traía flores.
Siempre llegaba tarde.
—Clara… —dijo, intentando sonar arrepentido—. Tenemos que hablar.
Ella no lo miró.
—No.
—Fue un error…
—No.
—Lo de Lucía… yo…
Clara lo interrumpió con voz agotada.
—No quiero explicaciones. Solo quiero el divorcio.
Silencio.
Por primera vez, él parecía asustado.
—Piensa en nuestro hijo.
Clara se giró despacio.
—Eso estoy haciendo.
Javier abrió la boca, pero no encontró palabras.
Y Clara comprendió algo más: él jamás pensó que ella tendría el valor de irse.
Nadie lo pensó.
Ni siquiera ella.
Mercedes apareció al día siguiente.
Elegante. Fría. Calculadora.
Traía otro sobre.
—Un acuerdo —dijo, dejándolo sobre la mesa—. Custodia compartida, compensación económica y confidencialidad. Lo mejor para todos.
Clara miró el sobre.
Y luego a su hijo.
Recordó el brindis. Las risas. El pasillo. El dinero por desaparecer.
Y algo dentro de ella terminó de romperse.
—No quiero su dinero.
Mercedes alzó una ceja.
—No seas ingenua. Javier va a reconocer a los gemelos. Esta familia tiene que proteger su imagen.
Clara sostuvo su mirada.
—Entonces protéjanla sin mí.
Mercedes suspiró.
—No puedes hacerlo sola.
Clara sonrió por primera vez en semanas.
—Ya lo estoy haciendo.
Esa misma tarde, mientras Nicolás dormía conectado a tubos diminutos, Clara reservó un billete de avión.
Destino: París.
Sin despedidas.
Sin avisos.
Sin mirar atrás.
Los meses siguientes fueron los más duros y, al mismo tiempo, los más liberadores de su vida.
Vivió en un pequeño apartamento en Montreuil, trabajando de traductora freelance mientras cuidaba de Nicolás, que poco a poco fue ganando peso y fuerza.
No fue fácil.
Hubo noches sin dormir, facturas ajustadas y momentos en los que el miedo la paralizaba.
Pero también hubo paz.
Por primera vez en años, nadie la hacía sentir insuficiente.
No había fiestas fingidas ni suegras manipuladoras.
Solo ella y su hijo.
Y eso bastaba.
Nunca habló de Javier.
Nunca respondió sus mensajes.
Hasta que dejaron de llegar.
Y entonces supo que había cerrado esa puerta para siempre.
O eso creyó.
Seis meses después, cuando por fin empezaba a sentir que tenía el control de su vida, sonó el timbre.
Clara abrió la puerta con Nicolás en brazos.
Y el pasado estaba allí.
Mercedes.
Pero ya no parecía la mujer impecable de siempre.
Tenía ojeras profundas. El cabello desordenado. Y los ojos… derrotados.
—Necesito hablar contigo.
Clara estuvo a punto de cerrar la puerta.
Pero algo en su expresión la detuvo.
La dejó pasar.
Mercedes observó el pequeño apartamento, los juguetes en el suelo, la vida sencilla.
—No sabía que vivías así.
—Vivo tranquila —respondió Clara.
Se sentaron frente a frente.
Durante un segundo, ninguna habló.
Hasta que Mercedes rompió.
—Lucía se ha ido.
Clara parpadeó.
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