Mi suegra no organizó el baby shower para mí… lo organizó para la amante de mi marido

Lo abrí y vi un contrato de confidencialidad encima de los billetes.

Desde el salón llegó la risa de Lucía y la voz de mi suegra, fuerte para que todos oyeran:

—Brindemos por los herederos.

En ese instante, el móvil vibró en mi bolso. Un mensaje de Javier:

“No lo compliques, Clara. Por favor.”

Y entonces sentí un dolor agudo y el calor húmedo extendiéndose por mis piernas.

Se me había roto la bolsa allí mismo, en el pasillo, con el sobre aún en las manos.

El sobre cayó al suelo cuando el dolor volvió, más fuerte, arrancándole el aire de los pulmones. Clara se dobló contra la pared, una mano aferrada al vientre mientras el líquido seguía corriéndole por las piernas.

—¡Javier! —gritó alguien desde el salón—. ¡Algo pasa!

Mercedes regresó al pasillo justo cuando Clara se deslizaba hasta quedar sentada en el suelo, pálida, empapada de sudor.

—No ahora… —murmuró la suegra, mirando alrededor con pánico—. No aquí.

Como si el parto pudiera esperar a que terminara la fiesta.

Javier apareció segundos después, con la expresión desencajada.

—¿Clara?

Ella levantó la vista y lo miró. Por primera vez en años, no había amor, ni reproche, ni súplica. Solo una claridad helada.

—Se acabó —susurró.

Otra contracción la dobló y soltó un gemido ahogado.

Entonces todo se volvió caos: invitados murmurando, alguien llamando a una ambulancia, Lucía observando desde la puerta del salón con gesto incómodo, como si aquello fuese una escena desagradable que estropeaba su celebración.

Clara vio cómo Mercedes se interponía para que nadie filmara, cómo Javier intentaba sostenerla, cómo el sobre con el dinero quedaba olvidado bajo una consola.

Y entendió algo con una certeza brutal:

No iba a parir a su hijo en aquella casa.

Con un esfuerzo que no sabía de dónde salió, se apartó del brazo de Javier.

—No me toques.

La ambulancia llegó minutos después. Mientras la subían a la camilla, Clara escuchó a Mercedes decir:

—Llévenla a un hospital discreto.

Como si incluso ese momento tuviera que ocultarse.

Clara cerró los ojos. Y decidió.

No volvería a esa vida.

Nunca más.

Su hijo nació prematuro aquella misma noche.

Pequeño. Frágil. Pero vivo.

Cuando despertó en la habitación del hospital, con el sonido de monitores alrededor, lo primero que vio fue la incubadora.

Y dentro, su bebé luchando.

Nicolás.

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