Mi suegra no organizó el baby shower para mí… lo organizó para la amante de mi marido

Tenía siete meses de embarazo y, aun así, me obligué a sonreír mientras colgaban guirnaldas y sacaban bandejas de canapés. Mi marido, Javier Molina, iba y venía con el móvil pegado a la oreja, diciendo que eran “cosas del despacho”. Nadie me miraba a los ojos demasiado tiempo.

Cuando llegaron los regalos, noté algo raro. La mayoría tenían tarjetas con un nombre escrito a mano que no era el mío:

“Para Lucía.”
“Con cariño, L.”
“Que todo salga perfecto.”

Pensé que eran errores, hasta que Mercedes pidió silencio, alzó una copa y anunció que había una invitada especial.

Entonces la vi.

Lucía Serrano, impecable, con una mano descansando sobre el vientre como si fuese un gesto ensayado. Se sentó a mi lado sin pedir permiso y me dedicó una sonrisa suave.

Mercedes brindó hablando de “la nueva etapa de Javier” y de “la familia que crece”. Intenté interrumpirla, pero mi voz se ahogó entre aplausos.

Lucía se levantó, tintineó su copa y dijo con una dulzura de anuncio:

—Estoy embarazada… de gemelos. Dos niños.

Sentí que el salón se estrechaba. Miré a Javier. Su cara se puso blanca, pero no negó nada. Solo bajó la vista. En ese segundo supe que el baby shower no era para mí.

El murmullo se convirtió en un zumbido. Alguien soltó un “madre mía” y otra persona me tocó el brazo como si yo fuese de cristal.

Mercedes me agarró por el codo y me arrastró al pasillo, lejos de las cámaras y las sonrisas. Sacó un sobre grueso del bolso, me lo clavó en las manos y chasqueó:

—Setecientos mil euros. Desaparece en 24 horas.

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