Mi suegra me golpeó delante de mi marido. Y a la mañana siguiente, despertaron y encontraron el apartamento vacío.

 

Desde que su hijo Javier perdió su trabajo y la joven pareja tuvo que mudarse con ella a Sevilla, la convivencia se volvió insoportable.

Laura soportó la humillación en silencio, esperando que su marido finalmente la defendiera.

Pero a medida que pasaban los días, se reía cada vez más de las palabras de su madre.

Esa noche todo llegó a un punto crítico.

Javier derramó el tazón de sopa sobre sus pantalones nuevos.

Laura, agotada, suspiró:

“Bueno, ahora límpialo”.

Carmen se levantó como una fiera y le dio una bofetada.

“¡No vuelvas a hablarle así a mi hijo nunca más!” gritó.

Javier se echó a reír.

¡Mamá, mírale la cara! ¡Parece una gallina mojada!

Las lágrimas llenaron los ojos de Laura.

Ese fue el momento en que todo se rompió en su interior.
Agarró su abrigo y salió corriendo.

—Volverá —murmuró Javier, encendiendo la tele—. No tiene adónde ir.

—Claro que volverá —respondió Carmen con aire de suficiencia—. Una mujer debe saber cuál es su lugar.

Pero esa noche, Laura ya había tomado una decisión.

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