—Empaquen y váyanse. Hoy.
Eso fue todo.
Lucas parpadeó como si no hubiera entendido.
—¿Cómo dices, papá?
—Que se van. Hoy mismo.
Valeria soltó una risa incrédula.
—No puedes estar hablando en serio. Este es nuestro hogar.
La miré fijamente.
—No. Este es nuestro hogar. Y ustedes han dejado claro que ya no respetan a quienes viven aquí.
Lucas intentó razonar.
—Papá, estás exagerando. Valeria acaba de dar a luz. Está sensible.
Me acerqué un paso.
—Mi esposa está golpeada, humillada y llamada “sucia” en su propia casa. Y tú lo llamas sensibilidad.
Silencio.
Saqué una carpeta que había preparado esa misma noche. Ocho años de documentos: pagos de servicios, compras, reparaciones, transferencias bancarias.
—Aquí está todo lo que hemos hecho por ustedes —dije—. Y aquí está lo que nunca hicieron: respetarnos.
Valeria cambió de estrategia.
—¿Vas a echarnos con un recién nacido?
—No —respondí—. Voy a proteger a mi esposa. Algo que tú y mi hijo olvidaron cómo hacer.
Les di treinta días legales, pero les corté todo apoyo económico de inmediato. El shock fue brutal. Nunca imaginaron límites.
Durante ese mes, Elena casi no habló. Pero algo cambió: ya no se disculpaba por existir.
El último día, Valeria me miró con odio.
—Te vas a arrepentir. Lucas es tu hijo.
—Y Elena es mi esposa —respondí—. Y a ella la elegí todos los días durante cuarenta años.
Se fueron.
La casa quedó en silencio. Pero ya no era un silencio opresivo. Era paz.
Lucas intentó volver meses después. Solo. Sin Valeria.
—Me equivoqué —dijo—. Pero ya es tarde.
Asentí.
—Sí. Lo es.
