Ante esas palabras, la joven lloró más fuerte, sintiendo que un nuevo capítulo de vida se abría ante ella.
El día que entró en la gran finca de sus padres biológicos, los ojos de su madre estaban rojos de lágrimas, y las manos de su padre temblaban al abrazarla. La habían buscado incansablemente durante más de dos décadas, aferrándose a la esperanza de que su hija perdida algún día regresara.
Sollozaba en brazos de su madre, escuchando el latido que tanto anhelaba, pero que nunca había conocido. La mirada de su padre se posó en el collar que llevaba en el cuello y susurró:
“Realmente eres tú… el nombre y la fecha grabados aquí, no puede haber ninguna duda.”
Una tarde, mientras las hojas de otoño se deslizaban por la cuneta, vio una figura familiar. Un hombre frágil, con ropas andrajosas y el rostro hundido y cansado, estaba sentado encorvado en la acera.
Se quedó paralizada: era su exmarido. El mismo hombre que una vez la había expulsado cruelmente ahora no tenía nada de su antigua arrogancia.
Levantó la cabeza, con los ojos nublados por la vergüenza al reconocerlo. Tartamudeando, admitió:
Lo… lo perdí todo. La mujer que creía que podría reemplazarte me traicionó, me robó mis tierras y mi riqueza. Ahora no tengo nada.
Su corazón se entristeció, no de amor, sino de amarga ironía. El hombre que la había tratado como basura ahora estaba arruinado y solo.
En cuanto a ella, ahora pertenecía a un verdadero hogar, con padres que la amaban más allá de toda medida, un amor más invaluable que cualquier tesoro del mundo.
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