—“¿Tres años sin decir ‘ya puedo moverme un poco’? ¿O tres años para enamorarse de otra?”
El silencio pesó como una lápida.
Me acerqué a él:
—“Tú no estabas inválido. Solo te quedaste ahí… mientras yo me consumía cuidándote.”
Él juntó las manos, casi suplicando:
—“Perdóname… no me abandones…”
Negué despacio.
—“No te abandono. Te devuelvo la vida que elegiste lejos de mí.”
Tomé mis cosas y salí, dejando que la puerta se cerrara sola.
En Tlaquepaque, todo el barrio se enteró.
Los médicos del Centro de Rehabilitación confirmaron:
recuperó movilidad parcial hace cuatro años,
puede caminar con apoyo desde hace dos,
y prefería que yo siguiera cuidándolo porque “no estaba listo para enfrentar la realidad”.
Dicen que fui una tonta.
Pero nadie entiende lo que es dar tu juventud entera a alguien… para que despierte en brazos de otra.
Solo dije:
—“El que estuvo paralizado diez años… nunca fue él.”
Era yo.
Yo, atrapada en un matrimonio que había muerto desde hacía mucho.
Ahora viven juntos en un cuartito cerca del centro de terapia.
Los vecinos dicen que se escuchan discusiones todas las noches.
La chica le grita:
—“¡Si hubieras dicho la verdad desde el principio, no estaríamos así!”
Y yo… por primera vez en diez años, duermo tranquila.
Porque al final, en México como en cualquier lugar del mundo, la verdad siempre termina levantándose… aunque a algunos les tome diez años hacerlo.
