Claudia estalló en lágrimas.
“Me juró que era fértil…”, sollozó. “Me prometió una vida, un nombre, un imperio…”.
Héctor tembló.
“Entonces… ¿todo esto…?”
Isabel se levantó lentamente.
“Todo este imperio”, dijo, “se construyó mientras perseguías un nombre que nunca podrías perpetuar”.
Sacó otro documento de su bolso y lo colocó sobre la mesa.
Mientras tú jugabas de rey, yo movía todas las piezas.
Las acciones. Las propiedades. El restaurante.
“Ahora todo está a nombre de Sofía y Elena”.
Héctor intentó hablar, pero no pudo. «Y tú», añadió Isabel, «quédate con lo único que siempre te importó: el apellido».
Ella se giró para irse.
—Ah... y una cosa más —dijo sin mirarlo—. El informe también confirma que Claudia sabía la verdad.
Claudia levantó la cabeza, aterrorizada.
“Mentiste…” susurró Héctor.
Isabel se detuvo en la puerta.
—No —corrigió ella—. Te mentiste a ti mismo.
El piano empezó a sonar de nuevo.
Pero ya no era jazz.
Fue el fin de un imperio construido sobre el ego.
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