La noticia corrió rápidamente entre familiares y amigos: yo, Marcus Varela, lo había heredado todo, y mi madre no recibiría ni un céntimo. Sus allegados sabían de su abandono, pero nadie imaginaba que mi padre hubiera dejado pruebas tan irrefutables. Era su forma de protegerme incluso después de muerto.
Durante las semanas siguientes, Claudia intentó contactarme varias veces. Primero mensajes cortos, luego llamadas interminables y, finalmente, una carta escrita a mano. Al principio la ignoré, no por crueldad, sino porque necesitaba entender lo que sentía. Había pasado años imaginando este encuentro, fantaseando con contarle todo lo que me había hecho. Pero cuando finalmente ocurrió la confrontación, no hubo satisfacción, solo un extraño vacío.
Un día recibí una notificación del notario: Claudia quería solicitar una revisión legal del testamento. No me sorprendió. La fuerte, impecable y ambiciosa Claudia aún vivía bajo el destrozo emocional.
Me reuní con mi abogado en una cafetería de la calle Atocha, un pequeño local donde el ruido del tráfico se mezclaba con el aroma del café recién molido. Revisó los documentos y dijo:
Marcus, ella no tiene ninguna posibilidad. Tu padre lo documentó todo. Esto es más emocional que legal.
—Lo sé —respondí—. Pero quiero escuchar su versión de los hechos.
Mi abogado me miró con una mezcla de respeto y preocupación.
Quedé con ella en un parque de Chamberí. Claudia llegó con un abrigo largo, gafas de sol y expresión cansada. No era la mujer arrogante de la notaría; parecía más pequeña.
“Gracias por venir”, murmuró.
Nos sentamos en un banco. Los árboles sin hojas temblaban con el viento de diciembre.
"No quiero tu dinero", dijo de repente.
—Siempre lo hiciste —respondí con suavidad.
Ella suspiró.
Sí. Durante muchos años viví para sobrevivir, Marcus. Tomé decisiones terribles. Me involucré con la persona equivocada... y huí. No tienes que creerme, pero cuando me fui... no sabía cómo volver sin destruirte aún más.
