Ella dijo que sí.
Un año después, Sarah y yo visitamos la tumba de mi padre. Ella estaba embarazada de seis meses de nuestro hijo. Ya habíamos elegido su nombre.
Roberto.
Coloqué las rosas amarillas de Thomas junto a la piedra y susurré: "Hola, papá. He traído a la familia".
La confianza, el dinero, la casa... esos no eran sus verdaderos regalos.
Mi padre me había dejado algo mucho más valioso.
Una vida restaurada.
Y una razón para seguir construyendo.
