Mi madrastra me obligó a casarme con un hombre rico, uno que, según decían todos, ya no podía caminar.
En nuestra noche de bodas, intenté llevarlo a la cama. Pero al levantarlo, resbalé y ambos caímos al suelo. Fue entonces cuando noté algo imposible... algo que se movía debajo de mí.
Mi madre siempre fue una mujer práctica y calculadora.
Ella solía decir: «Un marido pobre significa toda una vida de sufrimiento. El amor no te llenará el estómago, pero el dinero sí».
Pensé que era solo un consejo hasta que lo convirtió en realidad.
Tras la muerte de mi padre, dejó un montón de deudas. Mi madre encontró una salida: me casó con un hombre lisiado pero rico llamado Huy.
—Mientras te cases con él —dijo con frialdad—, podemos quedarnos con la casa. Si no, lo perderemos todo.
No tuve elección. Me mordí el labio y acepté.
El día de la boda, llevaba un vestido blanco y una sonrisa vacía. El novio permanecía en silencio en su silla de ruedas, con el rostro inexpresivo y la mirada distante y fría.
Esa noche, abrí la puerta del dormitorio. El silencio impregnaba el aire. Huy estaba sentado bajo la tenue luz, sus rasgos marcados suavizados por el resplandor.
—Yo... te ayudaré a acostarte —murmuré.
Me miró fijamente y dijo con seriedad: —No hace falta. Puedo arreglármelas.
Pero cuando intentó moverse, la silla se tambaleó y casi se cae. El instinto me impulsó y corrí a atraparlo.
Ambos resbalamos y caímos al suelo con un golpe sordo. Caí justo encima de él.
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