«No puedes dejar que la duda te consuma vivo, Ricardo», dijo suavemente, su voz como un bálsamo. «Viste el moretón. Escuchaste al médico. Escuchaste a Lili en el juzgado. Se acabó. Cuanto antes aceptes la verdad y dejes de pensar en ella, antes podrá Lili empezar a sanar. Aferrarte a la duda solo prolonga su sufrimiento».
Ricardo finalmente levantó la vista del puro apagado. Exhaló una bocanada de aire que no se había dado cuenta de que estaba conteniendo. «Me suplicó, Verónica», dijo, su voz ronca. «En el juzgado, se arrodilló. Juró por su vida, por la Virgen».
«Y eso es exactamente lo que hacen los mentirosos profesionales», replicó Verónica con calma, su lógica una trampa de terciopelo. «Es su último recurso. Tejen una red de emociones y juramentos hasta que ya no puedes distinguir dónde termina la verdad y dónde empiezan sus mentiras. No dejes que te engañe de nuevo, mi amor. Ya nos tienes a nosotros. Tú, yo y Lili. Somos una familia ahora. Esa es la única familia que importa».
Ricardo asintió lentamente, como un autómata. Quería creerlo. Era la salida más fácil. La que requería menos confrontación, menos dolor. Pero en su interior, la duda permanecía, terca e inamovible como una piedra alojada en el fondo de su pecho.
De vuelta en mi celda, ya entrada la noche, me acurruqué en el catre duro y frío, abrazándome a mí misma para darme un calor que no sentía. Pensé en los rostros de mis vecinos, en la forma en que antes me saludaban con la mano cuando conducía a Lili a la escuela en mi vieja Caribe. Pensé en las señoras de la iglesia que sonreían cuando llevaba a Lili a la misa de domingo, vestida con su vestidito blanco. Ahora, esos mismos rostros se volverían con desprecio. Esas mismas sonrisas se convertirían en muecas de asco.
Susurré en la oscuridad, mi voz rota por un sollozo silencioso. «Me lo han quitado todo. Mi trabajo, mi casa, mi nombre… y ahora están tratando de quitarme a mi niña».
Mis lágrimas humedecieron la delgada y áspera almohada, pero debajo de ellas, mi resolución se endurecía. No era la resolución optimista de la mañana. Era una resolución fría, dura, forjada en la desesperación. Era la determinación de una loba acorralada que lucha por su cachorro.
«No los dejaré», susurré con una nueva ferocidad. «Lucharé. Lucharé aunque tenga que arrastrarme por el infierno sobre cristales rotos. Lucharé por ella».
Y al otro lado de la ciudad, en su modesta oficina, el Detective Hernández miraba de nuevo la fotografía ampliada en su pantalla. El brillo del monitor se reflejaba en sus gafas. El moretón todavía lo molestaba. Los bordes eran demasiado perfectos, la sombra demasiado uniforme. Algo no estaba bien. Levantó el teléfono y marcó el número de un contacto que tenía en el laboratorio forense.
«Ernesto, soy Javier Hernández», dijo, su voz tranquila pero con un filo de urgencia. «Necesito un segundo favor, y tiene que ser discreto y rápido. Te voy a mandar una fotografía de una lesión infantil. Quiero que busques cualquier anomalía. Partículas extrañas, composición química inusual. Cualquier cosa que no parezca un hematoma normal».
Escuchó por un momento. «No, el caso no es mío. No oficialmente. Pero tengo un presentimiento, de esos que te revuelven el estómago. Algo aquí apesta a manipulación, a un montaje cuidadoso».
Colgó el teléfono y tomó su libreta amarilla. Debajo del nombre de Verónica, añadió: “Posible falsificación de pruebas. Obstrucción de la justicia”. Su instinto, esa vieja y confiable herramienta, le decía que si su corazonada era correcta, esto no era solo un crimen contra una niñera. Era un crimen contra una niña, contra un padre y contra la verdad misma. Y él no estaba dispuesto a dejarlo pasar.
Capítulo 6: El Hilo de la Verdad
La mansión de los Garza, bajo el sol implacable de Texas, brillaba con una opulencia casi agresiva. Sus anchos ventanales de cristal reflejaban la luz del día, convirtiéndola en una fortaleza de vidrio que parecía impenetrable. Pero por dentro, el aire era espeso, casi irrespirable, cargado de secretos y una tensión que se podía cortar con un cuchillo.
Lili estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la suave alfombra rosa de su dormitorio. Tambor, su raído conejito de peluche, estaba presionado contra su pecho con una fuerza que delataba su angustia. El cuarto, un santuario de fantasía infantil lleno de muñecas, libros y juguetes de todas las formas y tamaños, parecía un escenario irónico para el drama silencioso que se desarrollaba en su interior. La niña no tocaba ninguno de sus tesoros. Sus pequeños hombros estaban caídos, y sus ojos azules, normalmente tan vivaces, se habían vuelto opacos, velados por una tristeza que ninguna niña de cinco años debería conocer.
La puerta se abrió sin previo aviso. Verónica entró, no caminó, se deslizó en la habitación, su perfume floral precediéndola como una advertencia silenciosa. Llevaba una bata de seda color lavanda y su rostro mostraba una sonrisa brillante, pero sus ojos eran fríos y calculadores.
«Lili, corazón», arrulló, aunque su tono era tan afilado como el cristal bajo la capa de azúcar. Se acercó a la niña, moviéndose con una gracia depredadora. «Ven, vamos abajo. Tenemos que practicar un poco. En la corte, es posible que el señor del bigote te haga preguntas otra vez. Necesitamos estar preparadas».
El estómago de Lili se retorció en un nudo doloroso. Apretó a Tambor con más fuerza, tanto que el viejo relleno del conejo crujió. Susurró en la oreja de felpa de su amigo, las palabras apenas audibles: «No quiero».
La sonrisa de Verónica se tensó, perdiendo toda su calidez. Dio un paso más y se agachó, un movimiento fluido y elegante que la puso al nivel de los ojos de la niña. El contraste entre la sofisticación adulta de Verónica y la vulnerable inocencia de Lili era brutal.
«No es cuestión de querer, Lili», dijo Verónica, su voz ahora un susurro bajo y sibilante. «Es cuestión de lo que debes hacer. Tienes que recordar lo que te dije. Tienes que ser muy clara. Si te equivocas, si cuentas la historia incorrecta, si dices alguna de tus fantasías… Xóchitl se va a ir. Desaparecerá para siempre. La enviarán a un lugar muy, muy lejano y oscuro, y nunca, jamás, la volverás a ver. ¿Entiendes eso?».
Lágrimas calientes y amargas llenaron los ojos de Lili, empañando la imagen de la mujer arrodillada frente a ella. «Pero… pero es que Xochi no me lastimó», balbuceó, su vocecita quebrada por un sollozo contenido.
La mano de Verónica se extendió y apartó un mechón de cabello rubio de la cara de Lili. Fue un gesto que desde lejos podría parecer tierno, pero sus dedos, largos y fríos, se demoraron en la mejilla de la niña con una presión sutil pero inequívoca, una caricia que era una amenaza. «¿Tú crees que no te lastimó? Pero los niños no siempre entienden cómo los lastiman los adultos. Te hizo llorar, ¿no es así? Tenías un moretón feo, ¿verdad? Eso significa que te lastimó. Aunque no lo recuerdes bien. A veces la gente que queremos nos hace daño. Es muy triste, pero pasa».
Su lógica era un laberinto venenoso, diseñado para confundir y asustar a una mente infantil. «Todo lo que tienes que hacer es repetir lo que te enseñé. Es muy sencillo. Dices: ‘Xóchitl me pegó’. Y eso es todo. Si lo haces bien, todo esto terminará y podremos ser una familia feliz. Tu papá, tú y yo. ¿Entiendes, Lili? Solo tienes que decir esas tres palabritas».
Lili se mordió el labio inferior con tanta fuerza que casi se hizo sangre. El dilema era una tortura insoportable. Su vocecita fue un susurro de pura agonía. «Si miento… Xochi se va a ir lejos».
Verónica se acercó aún más, sus ojos color avellana fijos en los de la niña, tan afilados como fragmentos de vidrio. Su voz se volvió helada. «Si no mientes, se irá para siempre. No tienes elección, Lili. No hay un camino bueno aquí. Tienes que protegernos. Tienes que proteger a tu papá, que está muy triste por todo esto. Y tienes que protegerte a ti misma. Es lo que haría una niña grande e inteligente».
La niña no respondió. Se quedó paralizada, atrapada en una red de manipulación que era demasiado compleja para ella. Verónica, al ver que había logrado su objetivo de aterrorizarla hasta el silencio, se levantó.
«Bien», dijo, su tono volviendo a ser falsamente dulce. «Ahora vístete. Ponte el vestido azul que te compré. Quiero que te veas bonita para los abogados». Salió de la habitación, dejando a Lili sola con su miedo y su conejito, en un mar de juguetes que ya no ofrecían consuelo.
Abajo, en el silencio cavernoso del estudio, Ricardo estaba sentado en su sillón de cuero, con la corbata aflojada y los ojos fijos en el remolino ambarino del bourbon en su vaso. El hielo tintineaba suavemente, el único sonido en la habitación aparte del crepitar del fuego que había encendido a pesar del calor exterior. Necesitaba ver algo vivo, algo que se moviera. Podía oír el murmullo apagado de la voz de Verónica, que llegaba desde el piso de arriba. No entendía las palabras, pero reconocía el tono, esa mezcla de dulzura y acero que usaba para salirse con la suya.
No preguntó. No subió a ver qué pasaba. Se dijo a sí mismo que Verónica estaba ayudando. Ayudando a Lili a procesar el trauma, preparándola para el juicio, haciendo el trabajo sucio que él no tenía el valor de hacer. Pero a pesar de sus intentos de autoengaño, una profunda inquietud, como un picor bajo la piel, no lo dejaba en paz.
Su mente, en contra de su voluntad, retrocedió a las mañanas en la cocina. El olor a mantequilla chisporroteando en la sartén. El sonido agudo y feliz de la risa de Lili cuando un poco de miel de maple aterrizaba en su nariz. La forma en que Xóchitl la miraba, no como una empleada mira a la hija de su jefe, sino con una ternura y un orgullo que eran casi maternales. Ese calor, esa conexión, había sido real. Podía sentirlo incluso ahora, un eco cálido en la fría desolación de su casa.
¿Podía una mujer capaz de esa ternura golpear a una niña?
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
