«Ella nunca me lastimó», repitió Lili, y esta vez había un matiz de fiereza en su voz. Se enderezó, su pequeño cuerpo lleno de una convicción que lo desarmó. «Xóchitl me hace hotcakes de corazón. Xóchitl me lee cuentos en la noche hasta que me duermo. Xóchitl me canta la de la patita. Ella… ella me quiere mucho». Su pequeño pecho se agitó con la fuerza de su declaración. Sus ojos se llenaron de lágrimas. «No quiero que se vaya. La extraño».
Ricardo la miró fijamente, y por un segundo, todo lo demás se desvaneció. El imperio empresarial, las expectativas sociales, Verónica. El mundo se redujo a esa frágil niña de cinco años, aferrada a un conejo de peluche, defendiendo a la única figura materna que había conocido realmente. La duda, que hasta ahora había sido una pequeña grieta, se convirtió en una brecha rugiente en la presa de su negación. ¿Y si era verdad? ¿Y si Verónica…?
Justo en ese momento, la voz de Verónica resonó desde el pie de la escalera. Su tono era cantarino, pero con un filo de impaciencia.
«¡Ricardo, cielo! ¡Se nos hace tarde para la junta con los abogados!».
La voz fue como un balde de agua fría. Rompió el hechizo. El mundo real, el mundo de las responsabilidades, de las apariencias, de Verónica, volvió a imponerse.
Ricardo se levantó rápidamente, casi tropezando. Le dio una palmadita torpe en la cabeza a Lili. «Tenemos que hablar de esto más tarde, ¿de acuerdo? Ahora, sé una buena niña y ponte los zapatos. Le diré a Consuelo que te traiga el desayuno a tu cuarto».
Los ojos de Lili, que habían brillado con la esperanza de ser escuchada, se llenaron de una nueva ola de lágrimas de decepción. «Papi, por favor…», suplicó.
Pero él ya se había dado la vuelta y caminaba a paso rápido por el pasillo. La dejó sola. La dejó en el silencio de una habitación demasiado llena de juguetes y demasiado vacía de amor. Mientras se alejaba, se justificó a sí mismo: “Tengo que irme. Es importante. Hablaré con ella después”. Pero en el fondo de su alma, sabía que acababa de fallarle. Había tenido la verdad frente a él, ofrecida en la voz temblorosa de su propia hija, y había elegido darle la espalda.
Capítulo 4: El Veneno de las Palabras
La noche cayó sobre Monterrey como un manto pesado y oscuro. En la mansión Garza, el silencio era una entidad palpable, más denso y sofocante que los candelabros de cristal que colgaban como arañas enjoyadas de los techos altos. Esa noche, el menú era un lujo calculado, una declaración de intenciones. Consuelo, la cocinera, una mujer mayor y silenciosa que había trabajado para la familia Garza desde antes de que Ricardo naciera, había preparado cabrito asado, un platillo reservado para las grandes celebraciones. El aroma a carne asada y especias flotaba por los pasillos de mármol, un intento de normalidad, de victoria, en una casa que se sentía como un campo de batalla a punto de estallar.
Pero para Lili, la celebración era una farsa. Sentada en el extremo de la larga mesa de caoba, su silla alta parecía un trono para una reina diminuta y triste. Tambor, su conejito, estaba sentado en su regazo, su cuerpo de felpa absorbiendo las lágrimas silenciosas que de vez en cuando se escapaban de los ojos de la niña. El plato frente a ella, con un trocito de carne tierna y papas doradas, podría haber sido de ceniza. No tenía apetito. El nudo en su estómago era tan apretado que dolía.
Verónica entró al comedor. Se había cambiado el traje sastre por un elegante vestido azul marino de seda que susurraba al caminar. Su cabello estaba recogido en un peinado aún más elaborado que el de la mañana, y se había puesto unos pendientes de diamantes que centelleaban con la luz de los candelabros. Desplegaba un aura de control absoluto, de anfitriona perfecta en su propio reino. Se acercó a Ricardo, que ya estaba sentado a la cabecera de la mesa, y le dio un beso ligero en la mejilla antes de tomar asiento a su lado, en el lugar que antes ocupaba Ana Sofía.
«Todo se ve perfecto, Consuelo», dijo Verónica en voz alta, su tono suave pero con un inconfundible matiz de autoridad. Era una forma sutil de recordarle a todos quién estaba ahora al mando. Luego, su atención se centró en Lili, y su sonrisa se tensó una fracción de segundo. «Come, cariño. Tienes que comer. Necesitarás fuerzas para mañana. Tienes que ser una niña fuerte».
Lili no respondió. Pinchó un trozo de papa con su pequeño tenedor de plata, moviéndolo de un lado a otro del plato. No podía comer. Sus ojos, grandes y melancólicos, vagaban constantemente hacia la puerta que daba a la cocina. Se imaginaba a Xóchitl allí, como siempre, con su delantal manchado de harina y una sonrisa cálida. Se la imaginaba revoloteando, asegurándose de que la comida de Lili no estuviera demasiado caliente, pasándole a escondidas un trozo de pan con mantequilla, o simplemente guiñándole un ojo desde el otro lado de la habitación, un pequeño secreto entre las dos. La ausencia de Xóchitl era una herida abierta, un hueco en el centro de su pequeño universo, un dolor que no sabía cómo nombrar pero que sentía en cada fibra de su ser.
Ricardo se sirvió una copa de vino tinto, un vino caro cuyo nombre no podía pronunciar. Se había aflojado la corbata, y los tenues círculos oscuros bajo sus ojos hablaban de una noche de insomnio y un día de tensión. Estaba cansado, agotado por el juicio, por sus propias dudas, por el peso de una decisión que sentía cada vez más errónea. Pero la presencia de Verónica a su lado era como un perfume fuerte: embriagador, distractor, casi anestésico. Ella proyectaba una confianza tan absoluta que era difícil no contagiarse de ella, no querer creer en la sencilla y conveniente verdad que le ofrecía.
«Te has encargado de todo, Vero», dijo en voz baja, admirando la forma en que ella se desenvolvía, la facilidad con la que había asumido el control de su casa, de su vida. «En serio, no sé cómo me las arreglaría sin ti en estos momentos».
Los ojos de Verónica brillaron con un destello de satisfacción. Era exactamente lo que quería oír. Era la validación de su estrategia, el reconocimiento de su indispensabilidad. «Es porque ya no necesitas caos en tu vida, Ricardo. Xóchitl, con sus dramas y su desorden emocional, trajo el caos. Tú necesitas orden. Estabilidad. Una estructura». Dejó que sus palabras calaran, su mano cubierta de anillos deslizándose sobre la mesa hasta encontrar la de él. La cubrió con la suya, un gesto que era a la vez posesivo y tranquilizador. «Y Lili… Lili necesita una madre de verdad. Una que esté a su altura, que la guíe en nuestro mundo. No alguien que la confunda con falsas promesas y afecto de sirvienta».
Ricardo se tensó. La palabra “madre” en los labios de Verónica siempre le producía un escalofrío. Era un territorio sagrado que aún asociaba con Ana Sofía. Pero no apartó la mano. La calidez de la piel de Verónica era reconfortante, una promesa de un futuro sin complicaciones. «Ella… Xóchitl fue buena con Lili. Por un tiempo, al menos», dijo, como si intentara convencerse a sí mismo.
«Por un tiempo», repitió Verónica suavemente, su sonrisa nunca vacilante, sus ojos fijos en los de él. «Claro que sí. Seguramente tenía buenas intenciones al principio. Pero las buenas intenciones no borran los moretones, ¿verdad, Ricardo? Un error, una pérdida de paciencia… es todo lo que se necesita. Y no podemos arriesgarnos. No con Lili».
Fue entonces cuando la vocecita de Lili, frágil pero sorprendentemente clara, cortó la tensa conversación de los adultos.
«Xóchitl no lo hizo».
La mesa quedó en un silencio sepulcral. El tenedor de Verónica se detuvo a medio camino de su boca. La copa de Ricardo, que estaba a punto de llevarse a los labios, quedó suspendida en el aire. El único sonido era el tic-tac de un antiguo reloj de pie en el rincón.
La sonrisa de Verónica se endureció por una fracción de segundo, un tic casi imperceptible en la comisura de su labio. Pero se recuperó al instante, su compostura de hierro volviendo a su lugar. Se inclinó hacia la niña, su voz un murmullo de paciencia forzada, como la de una actriz consumada interpretando el papel de una madre comprensiva. «Cariño, a veces el amor nos ciega. A veces, la gente a la que queremos nos confunde. Podemos querer mucho a alguien, pero esa persona aun así puede lastimarnos. ¿Entiendes? Es complicado para los adultos, imagínate para una niña. Por eso, es mejor si ya no piensas en ella. Te hace daño».
Los ojos de Lili se llenaron de lágrimas de frustración. Negó con la cabeza. «¡No! ¡Ella no me confunde! ¡Ella hacía hotcakes de corazón! ¡Me leía cuentos de dinosaurios con voces chistosas! ¡Ella… ella me quiere! ¡Y yo la quiero a ella!».
La declaración fue tan pura, tan vehemente, que golpeó a Ricardo con la fuerza de una bofetada. Se movió incómodamente en su silla, el conflicto interno reflejado en su rostro. La imagen de Xóchitl riendo, de Lili con la cara manchada de chocolate, de las dos cantando juntas en la cocina… todo chocaba violentamente con la imagen de la niña herida que Verónica le había pintado.
Verónica, sin embargo, era imperturbable. Al ver la duda en el rostro de Ricardo, actuó con rapidez. Extendió la mano por encima de la mesa y palmeó la de Lili. No fue una caricia. Fue un gesto firme, casi una advertencia, un toque que silenció a la niña de inmediato. «Come tu cena, Lili. No hagas un berrinche».
La niña bajó la cabeza, derrotada. Las lágrimas que había estado conteniendo comenzaron a caer, una a una, sobre la carne fría de su plato. Tomó el tenedor y apuñaló la comida sin probar un solo bocado. El conejito en su regazo se fue humedeciendo lentamente con su llanto silencioso, un testigo mudo de su pequeña y gran tragedia.
La cena continuó en un silencio tenso y artificial. Verónica hablaba de planes para redecorar el ala de invitados, de una subasta de arte a la que quería asistir. Ricardo respondía con monosílabos, su mente a kilómetros de distancia.
Mientras tanto, en una modesta oficina en el centro de Monterrey, un edificio gubernamental con paredes desconchadas y olor a café quemado, el Detective Javier Hernández se reclinaba en su silla gastada. Estaba rodeado de expedientes de casos sin resolver, pero su atención estaba en la pantalla de su computadora. Observaba una y otra vez la fotografía del supuesto moretón de Lili, ampliada hasta que los píxeles eran visibles. Algo en esa imagen le molestaba profundamente, como una nota desafinada en una canción. La coloración era demasiado plana, demasiado uniforme. Los moretones reales, los que él había visto cientos de veces en sus veinte años en la fuerza —resultado de caídas, peleas, accidentes y, tristemente, de abusos reales—, tenían un patrón. Cambiaban de color, del morado oscuro al verdoso y luego al amarillento. Tenían bordes irregulares y a menudo iban acompañados de hinchazón. Este no. Este parecía… falso. Parecía una mancha de acuarela sobre un lienzo.
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