Mi jefe millonario me acusó de golpear a su hija de 5 años. Me humillaron en la corte y casi me hunden en la cárcel, pero nunca imaginaron que la niña rompería el silencio en el juzgado con dos palabras que lo cambiaron todo.

«No lo sé, Verónica. Simplemente… hay algo que no me cuadra», murmuró, su aliento empañando ligeramente el cristal.

Verónica se acercó por detrás. No hizo ruido. Sintió su presencia antes de que sus brazos lo rodearan por la cintura. Apoyó la barbilla en su hombro, y su perfume, una fragancia exclusiva y cara, lo envolvió. «Yo sí lo sé», susurró, su aliento cálido en su oído. «La contrataste para que te ayudara, para que llenara un vacío. Y ella intentó adueñarse de ese vacío. Trató de tomar más de lo que le correspondía. Quería ser más que la niñera. Quería ser la madre. Has visto la evidencia, Ricardo. Las fotos no mienten. Te traicionó a ti. Y lo que es peor, traicionó a Lili».

Sus palabras eran como una droga, un sedante que adormecía sus dudas. Su lógica era impecable, retorcida, pero impecable. Apelaba a su orgullo, a su miedo. Exhaló lentamente, el aire saliendo de sus pulmones en una larga y temblorosa bocanada. Asintió, un movimiento casi imperceptible. Aunque el hoyo en su estómago, lejos de cerrarse, se hizo más profundo, más oscuro.

Al otro lado de la casa, en el segundo piso, Lili estaba sentada en el suelo de su habitación. La alfombra era de un rosa pálido, tan suave que sus pies descalzos se hundían en ella. El cuarto era el sueño de cualquier niña, y la pesadilla de cualquier minimalista. Estaba lleno a reventar de juguetes. Muñecas de porcelana con vestidos de encaje la miraban desde estantes de cristal. Una casa de muñecas de tres pisos, una réplica exacta de la mansión, ocupaba una esquina entera. Había osos de peluche de todos los tamaños, juegos de té de plata, un pequeño piano de cola blanco y una colección de libros que podría llenar una pequeña biblioteca. Eran regalos de un padre culpable, intentos materiales de llenar un vacío emocional.

Pero Lili no jugaba con ninguno de ellos.

Estaba sentada con las piernas cruzadas frente a la puerta, con Tambor, el conejito de peluche gastado, aferrado con fuerza contra su pecho. Sus pequeños dedos retorcían nerviosamente una de las orejas del conejito, una y otra vez, hasta que las costuras amenazaban con ceder. Tambor era su único confidente, el único que conocía la verdad.

Le susurró al oído de felpa del conejo, su vocecita apenas audible. «Tambor, yo no quiero que Xochi se vaya. Verónica es mala. Me puso pintura en la cara, pintura que ardía un poquito. Me dijo: ‘Si no dices que Xóchitl te pegó, la meterán a una caja muy oscura y no la volverás a ver nunca, nunca, nunca. Y será tu culpa’. Yo no quiero que sea mi culpa, Tambor».

Levantó la cabeza y miró hacia la puerta, como si esperara que se abriera y que Xóchitl apareciera con una sonrisa y un plato de galletas.

«Papi», llamó suavemente, su voz un hilo de sonido en la inmensa casa.

Un momento después, Ricardo apareció en el umbral. Se había aflojado la corbata, y su rostro mostraba el cansancio de una noche sin dormir. Al ver a su hija sentada en el suelo, rodeada de un mar de juguetes intactos, sintió una punzada de algo que no supo identificar. Se agachó, sus rodillas crujiendo ligeramente, para ponerse a su nivel.

«Sí, mi amor. ¿Qué pasa?».

Lili no apartó la vista de sus ojos. «¿Va a volver Xóchitl?».

El corazón de Ricardo se encogió. Era como si un puño invisible le apretara el pecho. Tragó saliva, la boca repentinamente seca. Forzó la mentira, la mentira que Verónica le había dicho que era necesaria.

«No, mi vida. Xochi… Xochi no puede estar aquí ahora mismo. Está… en un problema».

El labio inferior de Lili comenzó a temblar, un preludio de las lágrimas. «Pero ella no me lastimó».

Ricardo se congeló. La primera vez que lo dijo, en el juzgado, fue un susurro casi inaudible. Ahora, en el silencio de su habitación, la frase sonó clara y nítida. Sus ojos se desviaron instintivamente hacia el pasillo, medio esperando que Verónica apareciera de la nada, como solía hacer. Bajó la voz, convirtiéndola en un murmullo conspirador.

«¿Qué quieres decir, mi amor? ¿Estás segura?».

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