Tragué saliva, el nudo en mi garganta apretado y doloroso. La imagen de Lili, paralizada por el susurro de Verónica, volvió a mi mente. ¿Cómo podía esa niña, que se asustaba con su propia sombra, encontrar la fuerza para enfrentarse a esa mujer? ¿Hablaría? ¿Contaría la verdad sobre los hotcakes de corazón, sobre los cuentos, sobre las cosquillas? ¿O Verónica ya había logrado envenenar incluso esa fuente pura de inocencia? Mi corazón se encogió de dolor ante la idea. La niña que me había enseñado a ver el mundo de nuevo con ojos de asombro, la que chillaba de alegría cuando yo imitaba la voz de un dinosaurio, ahora estaba atrapada en una red de mentiras tejida por una mujer que no tenía alma.
Laura se levantó, recogiendo sus papeles con movimientos eficientes. «Escucha, nos reorganizaremos mañana. Usaremos los recibos. Intentaré que alguna de las maestras testifique. Tú, por ahora, intenta descansar. Come algo. Necesitas mantenerte fuerte».
¿Descansar? La palabra me sonaba a un idioma extranjero, un lujo de una vida pasada que ya no podía recordar. Asentí sin convicción, solo para que se fuera. Cuando la puerta se cerró, me recliné contra la fría pared de bloques de concreto y cerré los ojos. El zumbido de la luz fluorescente sobre mi cabeza era el único sonido.
Decidí no pensar en el juicio, ni en Ricardo, ni en Verónica. Decidí, con un esfuerzo de voluntad, dejarme llevar por los recuerdos. Me permití recordar la risa de Lili resonando en el patio mientras chapoteaba en la alberca. Recordé el calor de sus pequeños brazos alrededor de mi cuello cuando se quedaba dormida sobre mi hombro. Recordé sus palabras, susurradas en la oscuridad de una noche de tormenta, que en su momento me habían hecho sentir la mujer más afortunada del mundo.
«Desearía que fueras mi mami».
Y entonces, por primera vez desde que esta pesadilla comenzó, un sentimiento nuevo, frágil pero afilado, cortó a través de la niebla de mi desesperación. No era esperanza, no todavía. Era algo más primitivo: resolución. El mundo podría llamarme criminal. Los susurros en los pasillos podrían marcarme como un monstruo. Ricardo podría haberme dado la espalda. Pero yo sabía quién era. Y sabía, con una certeza que nadie podía arrebatarme, de quién era el pequeño corazón que todavía, en algún lugar de esa mansión fría, latía al mismo ritmo que el mío. No me iban a vencer tan fácilmente.
Capítulo 3: La Sombra en el Palacio
A la mañana siguiente, el sol de Monterrey se alzó, implacable y feroz, inundando la mansión Garza con una luz dorada que se derramaba por los inmensos ventanales. La luz, sin embargo, no traía calor. Parecía una luz fría, casi quirúrgica, que exponía la opulencia de la casa pero no lograba disipar la pesadez que se había instalado en sus muros. La residencia, una fortaleza de cantera, cristal y jardines diseñados por paisajistas de renombre, se sentía más que nunca como un mausoleo. Un monumento a una familia rota, un escenario de teatro donde todos interpretaban su papel con máscaras de perfección, sin creerse una sola línea del guion.
Ricardo Garza estaba atrincherado en su oficina, un santuario personal en el ala oeste de la casa. Era una habitación que gritaba éxito y poder. Las paredes estaban revestidas de caoba oscura, con estanterías llenas de libros encuadernados en piel que nunca había leído. Eran parte de la decoración, un telón de fondo para las videollamadas con socios en Asia y Europa. Sobre una repisa de mármol, una hilera de premios de cristal y metal de revistas de negocios y cámaras de comercio acumulaban una fina capa de polvo. La pantalla de su laptop de última generación brillaba con los informes del mercado de la mañana. Números verdes y rojos parpadeaban en tiempo real, un lenguaje que él entendía a la perfección, un mundo lógico y predecible donde los números, a diferencia de las personas, nunca mentían.
Pero su mente no estaba en los mercados. No estaba en el ascenso de las acciones de su conglomerado ni en el precio del acero. Su mente estaba atrapada en el día anterior, en la atmósfera sofocante del juzgado. Estaba anclado en las palabras que habían estallado en esa sala como una granada: los gritos de Xóchitl, crudos, desgarradores; sus lágrimas, que no parecían de cocodrilo sino de una angustia genuina; sus súplicas desesperadas que, a pesar de todo su esfuerzo por ignorarlas, se habían clavado en su memoria.
Se pellizcó el puente de la nariz, un gesto que se había vuelto crónico en los últimos días. Su taza de café, un espresso doble importado de Colombia, se enfriaba intacta a su lado. No había dormido. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de la mejilla de Lili, amoratada y triste en la fotografía, lo asaltaba. Era una imagen insoportable, una afrenta directa a su rol como padre, como protector. Se repetía a sí mismo, como un mantra, que las fotografías no mentían. Que un médico había validado la lesión. Que su deber primordial era proteger a su hija a cualquier costo.
Pero entonces, como un fantasma persistente, oía la voz de Xóchitl resonando en el silencio de su estudio: «¡Ricardo, por favor, mírame! ¡Tú me conoces!».
Y la pregunta lo torturaba: ¿Realmente la conocía?
Xóchitl había llegado a sus vidas hacía tres años. Una muchacha joven, de veintitantos, recomendada por el jardinero. Venía de un rancho en algún lugar cerca de Linares, un pueblo polvoriento que Ricardo apenas podía ubicar en un mapa. Era tímida, callada, con una mirada honesta y unas manos que parecían hechas para el trabajo. Había sido Ana Sofía, su difunta esposa, quien la había entrevistado y contratado. Recordaba la conversación vagamente. «Tiene algo, Ricardo», le había dicho Ana Sofía. «Tiene una calidez, una bondad en los ojos. Lili la va a adorar».
Ana Sofía. Su criterio siempre había sido impecable. Confiar en Xóchitl había sido una de sus últimas decisiones antes del accidente. ¿Podía haberse equivocado tanto? ¿O era él quien se estaba equivocando ahora?
Después de la muerte de Ana Sofía, Ricardo se había sumergido en el trabajo como un hombre que se ahoga se aferra a un trozo de madera. El trabajo era su refugio, su anestesia. Le permitía no pensar, no sentir. Se convirtió en un padre de fines de semana, y a veces, ni eso. Delegó la crianza de su hija. Contrató a los mejores pediatras, a los mejores tutores, y a Xóchitl, que rápidamente pasó de ser una simple niñera a ser el eje emocional de la vida de Lili. Xóchitl fue quien le enseñó a Lili a ir al baño, quien la consoló cuando se le cayó su primer diente, quien organizó sus fiestas de cumpleaños con una dedicación que el dinero no podía comprar. Y él, desde la comodidad de su oficina o de una suite de hotel en Singapur, se lo había permitido. Porque era más fácil. Porque la sonrisa de Lili en las fotos que Xóchitin le mandaba por WhatsApp lo absolvía de su culpa.
Y ahora, esa misma culpa lo carcomía. ¿Acaso su resentimiento hacia Xóchitl no nacía de su propio fracaso? ¿No era más fácil creer que ella era una traidora que admitir que una “sirvienta” había sido mejor madre para su hija que él mismo padre?
Unos golpes suaves y discretos sonaron en la puerta de roble macizo.
«Adelante», llamó Ricardo, su voz más ronca de lo habitual.
Verónica entró. Se movía con la gracia de una bailarina, sus tacones de aguja haciendo un clic suave y rítmico sobre el suelo de madera. Estaba vestida a la perfección, como siempre. Una blusa de seda color crema metida impecablemente en una falda lápiz que acentuaba su figura. Las perlas, las mismas del día anterior, descansaban en su clavícula. Su cabello castaño claro estaba recogido en un peinado elegante, y su maquillaje era sutil pero efectivo, diseñado para resaltar sus facciones finas y su piel pálida. Se movía por la mansión no como una invitada, sino como la dueña, con la facilidad de una mujer que sabe que su lugar en el mundo está asegurado.
«No viniste a desayunar», dijo amablemente, su voz una melodía suave. Colocó un vaso alto de jugo de naranja recién exprimido en un rincón libre de su escritorio. «Lili apenas probó bocado sin ti en la mesa».
Ricardo se reclinó en su silla de piel, un trono de mil dólares, y evitó su mirada. Se fijó en un punto inexistente en la alfombra persa. «Se acostumbrará», respondió, aunque las palabras le supieron a ceniza en la boca.
Verónica inclinó la cabeza, un gesto estudiado que delataba una aguda inteligencia. Lo observó por un momento, como un biólogo observa a un espécimen bajo el microscopio. «Estás preocupado», afirmó, no preguntó.
Él no respondió, pero su silencio fue una confesión.
«Sigo escuchando su voz», admitió finalmente Ricardo, odiando el temblor casi imperceptible en su tono. Odiaba la vulnerabilidad. Odiaba, sobre todo, el enorme espacio que Xóchitl, una simple empleada, ocupaba en sus pensamientos. «Juró que no lastimó a Lili. Juró por la Virgen. La conozco desde hace tres años, Verónica. Tres malditos años».
La expresión de Verónica se suavizó, pero fue una suavidad ensayada, una máscara de empatía que había perfeccionado con el tiempo. Se acercó y le tocó el brazo. Sus uñas, inmaculadas, rozaron la tela de su camisa de diseñador. «Mi amor, es manipuladora. Eso es lo que hace la gente como ella. Crecen aprendiendo a dar lástima para conseguir lo que quieren. Lloran. Gritan. Suplican. Hacen todo un melodrama. No puedes dejar que se meta en tu cabeza. Su trabajo es jugar con las emociones, y es buena en ello».
«Gente como ella». La frase flotó en el aire, cargada de un clasismo tan natural en ella que probablemente ni siquiera era consciente de él.
«Ella cuidó de mi hija», replicó Ricardo, con un hilo de desafío.
«Claro que sí», concedió Verónica, su tono imperturbable. «Era su trabajo. Y lo hizo bien, hasta que dejó de hacerlo. Ricardo, piensa en Lili. Esa niña necesita estabilidad, no una sirvienta peligrosa que la confunde, que la hace creer que es su madre. Esa es la verdadera traición».
Peligrosa. La palabra resonó de nuevo en la habitación, un eco de la conversación anterior. Se asentó como una piedra en el pecho de Ricardo. Quería, necesitaba creerlo. Porque la alternativa era demasiado monstruosa para contemplarla. Se levantó bruscamente de la silla, dándole la espalda, y caminó hacia el gran ventanal que ocupaba casi toda una pared y daba a los jardines traseros. El césped estaba perfectamente cortado, los rosales podados, la alberca brillaba con un azul turquesa irreal. Lili solía jugar allí con Xóchitl. Todavía podía imaginarlas. La imagen era tan vívida que dolía. Xóchitl, con su ropa sencilla y su cabello recogido en una trenza, corriendo descalza por el césped mientras perseguía a una Lili chillando de risa. Él las había observado desde esa misma ventana en más de una ocasión, oculto tras el cristal, diciéndose a sí mismo que tenía una llamada importante, que estaba demasiado ocupado para unirse. La verdad era que no sabía cómo. No sabía cómo jugar, cómo relajarse, cómo ser simplemente un padre. Xóchitl sí sabía.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
