
Esa última frase, cargada de un veneno que conocía muy bien, me caló hasta los huesos. Los susurros se convirtieron en garras afiladas que arañaban mis oídos, mi piel, mi alma. Eran extraños, rostros que jamás había visto, gente que no sabía nada de mi vida, de las tortillas de harina que preparaba los domingos, del amor que sentía por mis padres en el rancho, de la devoción absoluta que profesaba por la niña que ahora decían que había lastimado. No sabían nada, pero se sentían con el derecho de juzgarme, de sentenciarme. Mis piernas, siempre fuertes por las largas caminatas y el trabajo duro, temblaban bajo el peso insoportable de su desprecio. Me sentía desnuda, expuesta, como si cada uno de sus ojos pudiera ver a través de mi ropa y mi piel hasta encontrar la culpa que estaban tan seguros de que se escondía en mí.
Un deseo abrumador de desaparecer se apoderó de mí. Quería cerrar los ojos y que al abrirlos todo fuera un mal sueño. Quería fundirme con la madera oscura del suelo, convertirme en polvo, que el viento me llevara lejos de allí. Pero entonces, la imagen de Lili vino a mi mente, clara y brillante como el sol de Monterrey a mediodía. Su risa, ese sonido cristalino que era la banda sonora de mis últimos tres años. El modo en que su pequeña mano buscaba la mía al cruzar la calle. El olor a fresa de su champú cuando la abrazaba después del baño. Mi pequeña Lili. Mi florecita del desierto. Ella era mi ancla, la única razón por la que mis rodillas no cedieron, por la que mi espalda no se dobló por completo.
A solo unos metros de distancia, en la mesa del demandante, una distancia que se sentía como un abismo infranqueable, Verónica Montenegro me observaba. Estaba sentada, con la espalda perfectamente recta, como si posara para la portada de una revista de sociedad. Su collar de perlas, discreto pero innegablemente costoso, brillaba bajo las luces artificiales de la sala. Sus labios, pintados de un rojo sutil, estaban curvados en una leve y satisfecha sonrisa que no llegaba a sus ojos fríos y calculadores. Su traje sastre color marfil, sin una sola arruga, gritaba poder y pulcritud. Era la imagen misma de la mujer que lo tiene todo, y que sabe exactamente cómo conseguir más.
Se inclinó hacia Ricardo Garza, el padre de Lili, mi patrón. Su movimiento fue fluido, elegante, como el de una serpiente a punto de atacar. Su voz, aunque baja, era un siseo venenoso, cargado de una urgencia fingida que solo yo parecía notar.
«Mientras más se alargue esto, más mentiras inventará, Ricardo. Es una manipuladora. Necesitamos terminar ya, por el bien de Lili. Piensa en ella, en lo que está sufriendo».
La mandíbula de Ricardo, siempre firme y decidida en las reuniones de negocios que a veces yo presenciaba de lejos, se tensó. Su mirada de acero permaneció fija en mí, pero era una mirada vacía, hueca. Sus oídos, en cambio, estaban completamente entregados a ella, bebiendo cada palabra venenosa como si fuera un elixir. Lo vi, y mi corazón se hizo pedazos. Vi la forma sutil en que su cuerpo se inclinaba hacia ella, buscando su guía, su aprobación. Vi cómo sus hombros, normalmente relajados y anchos, se erizaban, como si se estuviera poniendo una armadura forjada por la influencia de Verónica. El pánico, crudo y amargo, subió por mi garganta como bilis. Ese hombre que tenía delante no era el Ricardo que yo creía conocer. El hombre que una vez, con los ojos llorosos tras la primera fiesta del Día de la Madre sin su esposa, me había dicho: «Gracias, Xóchitl. No sé qué haríamos sin ti», ahora era un extraño, un títere movido por los hilos de esa mujer.
«¡Ricardo!», mi grito fue un ruego desesperado, mi voz quebrándose en sollozos que ya no pude reprimir. «Por favor, mírame. ¡Mírame a los ojos! Tú me conoces. No soy un monstruo. Durante tres años, desde que Lili era una bebita que apenas caminaba, yo la crie mientras tú estabas demasiado ocupado en tus juntas, en tus viajes a Nueva York, a China. ¡Yo le preparé cada mamila, le cambié cada pañal, le curé cada raspón en las rodillas! ¡Yo la mecí para dormir cuando tenía pesadillas con monstruos debajo de la cama! ¡Yo nunca, nunca lastimé a Lili! ¡Jamás podría! ¡Es como mi propia hija!».
Por una dolorosa, agónica fracción de segundo, la máscara de Ricardo se resquebrajó. Sus ojos de acero flaquearon, y en su profundidad, pude ver el parpadeo de un recuerdo. Vi la risa de Lili en el jardín de la mansión, persiguiendo las burbujas que yo soplaba para ella. Vi el sonido de mis canciones de cuna, esas viejas melodías de Cri-Cri que mi abuela me cantaba, flotando por los pasillos de mármol de su enorme y fría casa en San Pedro. Vi la imagen de Lili, con la cara manchada de chocolate, enseñándole un dibujo que había hecho para mí, un garabato de dos figuras tomadas de la mano bajo un sol sonriente. Pero fue solo un instante.
La mano de Verónica, con sus uñas largas y perfectamente cuidadas pintadas de un rosa pálido, se deslizó sobre la de él. No fue un gesto de consuelo. Fue un acto de posesión, de control. Sus uñas presionaron suavemente su piel, un recordatorio silencioso del guion que ella había escrito, de la narrativa que ambos debían seguir.
Ricardo parpadeó, y el atisbo de humanidad en su rostro se desvaneció, reemplazado de nuevo por esa máscara de hielo y convicción. Se volvió hacia mí, y su voz, cuando habló, fue dura como una piedra, cortante como un cristal roto.
«Traicionaste mi confianza, Xóchitl. Mi hija, mi única hija, tenía moretones en la cara. Moretones que el médico confirmó. ¿Y esperas que yo crea que fue un accidente? ¿Esperas que crea tus mentiras sobre galletas y risas? ¿Tú, de todas las personas, la mujer en la que deposité toda mi confianza, te atreviste a ponerle una mano encima?».
«¡No!», sollocé, negando con la cabeza tan violentamente que el mundo empezó a dar vueltas. Mi cuerpo entero se sacudía, un temblor incontrolable que nacía desde lo más profundo de mi ser. «¡Eso no es verdad, Ricardo, te lo juro por la Virgencita de Guadalupe! ¡Te lo juro por lo más sagrado que tengo! ¡Pregúntele a Doña Elvira, la vecina de al lado! ¡Siempre nos veía jugar en el jardín y nos chuleaba! ¡Pregúntele al cajero del Oxxo de la esquina, el muchacho se llama Beto! ¡Compramos harina y chispas de chocolate esa misma tarde! ¡Esa noche horneamos galletas! ¡Lili estaba feliz, se reía a carcajadas porque se manchó la nariz de masa!».
Mi aliento se atoró en mis pulmones, un nudo de angustia que me impedía hablar. La desesperación era un animal salvaje arañando mi interior, tratando de salir. «Ricardo, por favor, no dejes que ella te envenene la mente. Ella llegó hace seis meses y ya lo cambió todo. Tú me conoces. Me has visto con Lili por años. Sabes que yo nunca… nunca…». Mi voz se ahogó, disolviéndose en un torrente de sollozos que me sacudían por completo. Ya no me importaba la dignidad, ni el juez, ni la gente. Solo quería que él me creyera. «Por favor, te lo ruego. Por el amor que le tienes a tu hija, créeme».
«¡Suficiente!», espetó el fiscal. Era un hombre de mediana edad, con un bigote engominado y un traje que le quedaba un poco apretado, y parecía disfrutar de mi sufrimiento con un sadismo profesional. Se levantó de su asiento, pavoneándose frente al jurado. «Su Señoría, este espectáculo deplorable no es más que una manipulación burda y desesperada. La acusada está intentando apelar a la lástima. Pero nosotros tenemos pruebas. Tenemos fotografías. Tenemos testimonios de expertos. Y lo más importante, tenemos el testimonio del propio padre de la niña, quien afirma la veracidad de este abuso atroz. La evidencia, Su Señoría, habla mucho más fuerte que este teatro».
Sacudí la cabeza, el cabello suelto pegándose a mi rostro húmedo por las lágrimas. «¡Son mentiras! ¡Todo es mentira! ¡Los moretones son mentiras, es pintura, es algo que ella le puso! ¡Tengo los recibos! ¡Estuve en la tienda, luego hice la cena! ¡Lili se rio toda la noche viendo caricaturas! ¡Pregúntenle a los otros empleados de la casa! ¡Pregúntenle a su maestra de kínder! ¡Ella sabe cuánto la quiero!».
«Papi», la vocecita de Lili, frágil como el ala de una mariposa, flotó desde su asiento junto a una trabajadora social. Era un susurro tan bajo que solo los que estaban más cerca pudieron oírlo.
Ricardo inclinó la cabeza hacia ella, un gesto automático. «Está bien, mi amor. Ya casi termina», murmuró, pero sus palabras sonaban huecas, ensayadas. La mano de Verónica se apretó sobre la suya, un ancla que lo mantenía firmemente atado a su versión de la historia.
La sonrisa de Verónica se profundizó, una curva casi imperceptible en la comisura de sus labios. Era la sonrisa de la victoria. Ella había orquestado cada detalle con la precisión de un maestro del ajedrez. El moretón, pintado con maquillaje oscuro en la piel de porcelana de la niña. Las amenazas, susurradas al oído de una pequeña de cinco años que no entendía de maldad. Las dudas, sembradas cuidadosamente en la mente de un padre ausente y carcomido por la culpa. Ahora, solo necesitaba el silencio. Una condena rápida. Un veredicto de culpabilidad que me borrara de sus vidas para siempre, como si yo nunca hubiera existido, como si los últimos tres años de amor y dedicación no hubieran sido más que un espejismo.
Mi última pizca de esperanza me hizo mirar hacia Lili. La niña todavía aferraba a su conejito de peluche, “Tambor”, un regalo que yo le había hecho, ahora gastado y gris por el uso. Los pequeños hombros de la niña temblaban, y por un instante, un instante que duró una eternidad, creí —recé con toda mi alma— ver un atisbo de desafío en esas manitas que apretaban la felpa. Pero entonces Verónica, dándose cuenta de mi mirada, se inclinó. Sus labios rozaron la oreja de Lili, y aunque no pude oír sus palabras, supe que eran veneno. La niña se quedó quieta de inmediato, su cuerpo diminuto paralizado por el miedo. Su mirada se apagó.
Mi abogada, Laura Benítez, una joven defensora pública que luchaba con más corazón que recursos, me tocó el brazo. Su tacto era firme, un intento de devolverme a la realidad. «Xóchitl, por favor, siéntate. Respira hondo. Llegaremos a la evidencia cuando sea nuestro turno».
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