Capítulo 1: El Grito en el Silencio
El aire en la sala del Palacio de Justicia de Nuevo León era una mezcla rancia de madera vieja, sudor nervioso y el perfume caro de la gente que no pertenece a lugares como este. Se sentía pesado, denso, como si las mentiras y el dolor de cientos de casos anteriores se hubieran quedado flotando en el ambiente. Y ahora, mi propio dolor se sumaba a esa atmósfera sofocante.
«Yo nunca la toqué. Por favor, créanme».
Mi grito se desgarró al salir de mi garganta. No fue un susurro, no fue un ruego educado. Fue un alarido animal, nacido del pánico más puro que había sentido en mi vida. Mi voz, la voz de Xóchitl García, que tantas veces había cantado canciones de cuna a una niña que no era mía, ahora era un instrumento roto, desafinado por el terror. Sentí cómo mi pecho se comprimía con una fuerza invisible, como si el mismo aire que intentaba respirar se negara a entrar en mis pulmones, asfixiándome lentamente. Mis manos, temblorosas y húmedas, se aferraron al borde de la mesa de los acusados. La madera pulida se sentía fría bajo mis dedos, un ancla inútil en un mar de desesperación. Vi mis nudillos, pálidos y tensos contra mi piel morena, y por un instante me vi a mí misma como ellos debían verme: una extraña, una intrusa en su mundo de riqueza y poder, una pieza desechable.
El juez, un hombre de unos sesenta años con el rostro surcado por arrugas de cansancio y apatía, levantó un mazo de madera que parecía demasiado pesado para su mano. Lo golpeó una, dos, tres veces sobre una base circular. El sonido, seco y autoritario, retumbó en el silencio que mi grito había dejado.
«¡Orden en la sala! ¡Silencio o mando desalojar!».
Sus palabras eran un trueno, pero apenas causaron efecto. La galería, ese monstruo de cien cabezas, ya se había convertido en una tormenta de cuchicheos y miradas hostiles. Lo que habían sido murmullos ahogados se transformaron en burlas audibles; las burlas, en acusaciones directas, lanzadas como piedras.
«Monstruo».
«Vieja golpeadora».
«Que se pudra en el bote».
«¿Cómo se atreve a tocar a una niña?».
«Tenía que ser… una de esas».
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