La invasión llegó a su punto crítico hace dos meses.
Patricia decidió que quería ponerse en forma. Decía que necesitaba un espacio para su yoga y sus máquinas de pilates.
—Esteban, la habitación de tu mamá es la más grande y tiene la mejor luz —la escuché decir una noche—. Ella ya está vieja, no necesita tanto espacio. Con una camita tiene.
Yo pensé que Esteban se negaría. Pero a la mañana siguiente, entró a mi cuarto con cajas de cartón.
—Mamá… tenemos que hacer unos cambios. Patricia necesita el cuarto para su salud mental. Te vamos a acomodar en el cuarto del fondo.
El “cuarto del fondo” no era una habitación. Era una estructura de lámina y bloque sin enjarrar en el patio trasero, donde guardábamos las herramientas, la podadora y las cosas de Navidad. Hacía frío, había humedad y la única ventana daba a un muro gris.
—Hijo, eso es una bodega —le dije con lágrimas en los ojos—. Yo construí esta casa. Esta es mi recámara.
—Es temporal, mamá. No seas egoísta. Además, ahí vas a tener más privacidad. Nadie te va a molestar.
Me mudaron como si fuera un perro. Sacaron mi cama matrimonial y metieron un catre individual en la bodega. Mi ropa quedó en cajas de plástico porque no cabía el armario.
Desde mi “nueva habitación”, escuchaba la música de meditación de Patricia en mi antigua recámara. La veía pasearse por mi casa, dando órdenes, mientras yo tenía que cruzar el patio con frío para entrar al baño de la casa principal, y a veces encontraba la puerta cerrada con llave “por seguridad”.
Me convertí en la “arrimada” en mi propia propiedad. Me prohibieron estar en la sala cuando tenían visitas. “Mejor quédese en su cuartito, suegra, es que mis amigas son muy especiales”, decía ella.
La semana pasada llovió. El techo de lámina de la bodega tenía goteras. El agua mojó mi colchón. Tiritando de frío, fui a tocar la puerta trasera de la casa a las 2 de la mañana.
Esteban abrió, molesto.
—¿Qué pasa, mamá? Mañana trabajo.
—Hijo, me estoy mojando. Déjame dormir en el sofá, por favor.
Patricia apareció detrás de él.
—Ay, no, Esteban. Si la dejas entrar, se va a malacostumbrar. Ponle una cubeta a la gotera y ya. Mañana vemos.
Esteban me miró. Dudó un segundo. Y luego cerró la puerta.
Me dejó afuera. Bajo la lluvia. En la casa que yo construí con mis manos para que él nunca tuviera frío.
Esa noche, cuando escuché el sonido del agua cayendo en el balde, sentí como si flechas se clavaran una tras otra en mi corazón. Algo dentro de mí murió.

Esa noche, mientras el agua caía en la cubeta, algo murió dentro de mí. El amor de madre es infinito, dicen. Mentira. El amor de madre tiene un límite, y el mío se rompió con el sonido de ese cerrojo.
Al día siguiente, esperé a que se fueran a trabajar. Me bañé, me vestí con mi mejor ropa y salí. No fui al médico. Fui a una inmobiliaria.
Resulta que mi casa, por la ubicación céntrica y el terreno grande, era una joya para los desarrolladores.
Un arquitecto llevaba años queriendo comprarla para tirar todo y hacer departamentos de lujo. Yo siempre le había dicho que no, porque quería dejarle un patrimonio a mi hijo.
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