Todo sucedió un domingo al mediodía
Mi hijo, delante de toda la familia, me miró fijamente y dijo sin vergüenza:
“Viejo inútil.”
No respondí. Seguí masticando despacio para que no notaran cómo se me apretaba el pecho. Pero ese insulto se me quedó grabado. Terminé de comer en silencio, me levanté de la mesa y fui a mi habitación
Esa tarde la pasé pensando. Pensé en mis años de trabajo, en cómo construí esa casa ladrillo a ladrillo, en cómo crié a mis hijos, priorizando siempre sus necesidades antes que las mías.
Y entendí algo doloroso: ya no me respetaban.
