Su voz se quebró por completo; oí los sollozos del mismo niño que una vez cargué sobre mis hombros a través de los arrozales.
Sonreí entre las lágrimas y murmuré:
—Lo entiendo, hijo. Mientras seas feliz, eso es todo lo que importa.
Pero en el fondo, sabía que algo se había roto: una herida que el tiempo podía adormecer, pero nunca sanar del todo.
Mientras el autobús pasaba por los arrozales iluminados por el sol, miré por la ventana y murmuré:
“Al final, el campo sigue siendo el lugar más tranquilo para un padre como yo”.
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