Mi hija de 7 años y su padre empezaron a tener "conversaciones privadas" en el garaje, así que instalé una cámara oculta y me arrepentí al instante.

Encontré una vieja cámara Wi-Fi que alguna vez usamos como monitor para bebés.

Mis manos temblaban mientras lo escondía en la esquina.

Esa noche, cuando volvieron al garaje, abrí la aplicación.

Jason retiró la alfombra.

Debajo había una puerta oculta.

Se me cayó el estómago.

La levantó, revelando unas estrechas escaleras subterráneas. Le dijo a Lizzie que esperara y desapareció. Al regresar, traía un paquete plano envuelto en papel marrón y subió el volumen de la radio.

Dentro había hilo, agujas de tejer y un pequeño suéter rosa.

En el frente, en letras torcidas:
“Tengo la mejor mamá del mundo”.

Me cubrí la boca.

Se sentaron juntos durante casi una hora, tejiendo, riendo, corrigiendo errores. Jason sabía exactamente lo que hacía. Esto no era nuevo para él.

Durante las dos semanas siguientes, estuve pendiente de cada "tiempo de garaje".
Aparecieron más suéteres.
Uno verde para Lizzie.
Uno gris para Jason.
Y otro, de tamaño adulto, todavía en la costura.

Las palabras dicen:
“Tengo la mejor esposa del mundo”.

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