Miré a Sergio.
—¿Tú estás de acuerdo con esto? —le pregunté.
—Isabel, el bebé necesita espacio —dijo él, encogiéndose de hombros—. Tú siempre has sido la fuerte, la que resuelve. Entiéndenos. No tenemos adónde ir. Paola no trabaja y yo… bueno, mis ingresos no dan para una hipoteca así. Esta casa ya está pagada. Sería lo justo.
Lo justo. Esa palabra resonó en mi cabeza.
Respiré hondo. Sentí una fuerza nueva nacer en mis entrañas, una fuerza que no venía de la salud, sino de la furia pura.
—Tienen razón —dije suavemente—. La casa está pagada.
Vi cómo se relajaban. Paola sonrió victoriosa y acarició su barriga. Mi madre asintió, satisfecha de haber “gestionado” a la hija difícil.
—La pagué yo —terminé la frase—. Yo sola. Antes de casarnos.
Sus sonrisas vacilaron.
—Sergio —continué—, firmamos separación de bienes. ¿Lo recuerdas? Insististe en ello porque tenías miedo de que mis deudas estudiantiles te afectaran. Qué ironía.
Saqué mi teléfono del bolso.
—¿Qué haces? —preguntó Paola, nerviosa.
—Llamo a la policía. Tienen diez minutos para sacar sus cosas. Si cuando llegue la patrulla siguen aquí, los denunciaré por allanamiento de morada. Y a ti, Sergio, te llegará la demanda de divorcio por adulterio mañana mismo. Voy a pedir una indemnización que te dejará tan pobre que tendrás que pedir limosna para comprar pañales.
—¡No puedes hacerle esto a tu hermana embarazada! —chilló mi madre, agarrándome del brazo—. ¡Es tu sangre! ¡Vas a dejar a un bebé en la calle!
—Tú lo dijiste, mamá. Yo soy madera seca. Y la madera seca arde muy bien. Ustedes encendieron el fuego, ahora quémense en él.
—¡Maldita! —me gritó Paola—. ¡Ojalá te mueras de verdad! ¡Sergio nunca te amó! ¡Eras una frígida adicta al trabajo!
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