La quimioterapia funcionó. Contra todo pronóstico, entré en remisión. El día que toqué la campana en el hospital, lloré de felicidad. Solo quería volver a mi casa, a mi cama, a mi esposo.
Nadie fue a recogerme. Sergio dijo que tenía una reunión urgente. Mi madre dijo que le dolía la cabeza. Paola no contestó. Tuve que tomar un taxi, cargando mi pequeña maleta y mi cuerpo todavía frágil.
Al llegar a casa, la llave no giraba. Habían cambiado la cerradura.
Toqué el timbre, asustada, pensando que algo había pasado. Abrió mi madre. No sonrió al verme. Tenía esa cara de “tenemos que hablar” que usaba cuando Paola rompía algo caro en la infancia y yo tenía que pagarlo.
—Isabel… no te esperábamos tan pronto —dijo, bloqueando la entrada.
—Mamá, me dieron el alta. ¿Por qué no abre mi llave? Quiero ver a Sergio.
—Sergio está en la sala. Con Paola. Pasa, pero por favor, no hagas un drama. Tu salud es delicada y el estrés te hace mal.
Entré. La casa olía diferente. Había muebles cambiados de sitio. Y en el sofá, acariciando un vientre abultado de unos seis meses, estaba mi hermana Paola. Sergio estaba a su lado, con la mano sobre la barriga de ella, sonriendo como un idiota.
El mundo se detuvo. Mi cerebro, aturdido por los químicos y el trauma, no procesaba la imagen.
—¿Paola? —pregunté—. ¿Estás embarazada?
Ella me miró con una mezcla de desafío y lástima fingida.
—Sí, Isa. Vamos a tener un bebé.
—¿Vamos? —Miré a Sergio. Él bajó la mirada, cobarde—. ¿De quién es ese bebé?
—Es mío, Isabel —dijo Sergio, sin levantar la vista del suelo—. Pasó… pasó mientras tú estabas en el hospital. Estábamos solos, tristes, pensando que te ibas a morir. Encontramos consuelo el uno en el otro. El amor surge en los momentos más oscuros.
Sentí que iba a vomitar. Mientras yo vomitaba bilis por la quimio, ellos se revolcaban en mi cama matrimonial.
—Fuera —susurré—. Fuera de mi casa. Los dos.
Entonces intervino mi madre. Se puso en medio, como un escudo humano protegiendo a la adúltera y al traidor.
—Nadie se va a ir, Isabel. Tenemos que ser prácticos.
—¿Prácticos? —grité, y la voz se me quebró—. ¡Se acostó con mi marido! ¡Es mi hermana!
—Escúchame bien —dijo mi madre con una frialdad que me heló la sangre—. Tú estás enferma. No sabemos si el cáncer volverá. Estás débil, no puedes trabajar, no puedes cuidar una casa tan grande. Además, los tratamientos te dejaron estéril, ¿verdad? El médico lo dijo. Tú eres madera seca, hija. Paola es un árbol frutal. Ella lleva en su vientre a tu sobrino, al hijo de Sergio. Esa criatura necesita un hogar estable.
—¿Qué estás diciendo?
—Estoy diciendo que lo correcto, lo cristiano, es que tú les cedas la casa. Tú puedes venirte a vivir conmigo, al cuarto de huéspedes. Allí te cuidaré. Deja que ellos formen la familia que tú no pudiste darle a Sergio. Es el ciclo de la vida. No seas egoísta. Si te mueres pronto, al menos dejarás un legado de generosidad.
Me quedé paralizada. Mi propia madre me estaba llamando “madera seca” y pidiéndome que regalara mi patrimonio, mi refugio, a las dos personas que me habían asesinado en vida. Querían enterrarme antes de tiempo para quedarse con mis cosas.
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