—Siempre pensé que habías perdido —confesó—. Que yo había ganado la vida que querías.
La miré con calma.
—No, Estefanía. Perdí una mentira. La confundiste con una victoria.
El silencio cayó entre nosotros.
“¿Me perdonarás algún día?” preguntó finalmente.
Respiré profundamente antes de responder.
Perdonar no siempre significa volver a como era antes. Significa soltar el dolor. Y eso... ya lo he hecho.
Ella asintió, comprendiendo que esa era la única respuesta posible.
Semanas después, el juicio concluyó. Nicolás fue declarado culpable. Multas, inhabilitación profesional, una sentencia que destrozó su imagen de intocable. El apellido que una vez me prometió estabilidad ahora era sinónimo de escándalo.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
Mi nombre apareció en un artículo diferente.
“Arquitecto español reconocido por colaborar en la detección de irregularidades urbanísticas.”
No se revelaron detalles, pero fue suficiente para darle un giro definitivo a mi carrera. Nuevos proyectos, reconocimiento profesional, invitaciones a congresos. Todo lo que había construido en silencio durante años comenzaba a florecer.
Una noche, al volver a casa, Daniel me esperaba con la cena lista. Sin florituras. Sin discursos grandilocuentes. Solo la verdad.
“¿Te arrepientes de algo?” preguntó mientras servía el vino.
Pensé en la traición, en el dolor, en los años de soledad.
—Sí —respondí—. Si no hubiera confiado antes.
Daniel sonrió y levantó su vaso.
