Mi hermana me robó el millonario con el que me iba a casar, pero seis años después, en el funeral de nuestra madre, descubrió que yo había ganado la vida real.

“Entonces… tú empezaste todo esto.”

Esa noche, Estefanía escuchó una conversación. Su mundo empezó a derrumbarse.

Días después, se supo la noticia: Nicolás Álvarez, formalmente acusado. Cuentas congeladas. Investigaciones abiertas. Cobertura de prensa.

Estefanía vino a buscarme desesperada.

—¡Lo sabías! —gritó—. ¡Siempre estabas celoso!

La miré con calma.

—No, Estefanía. Yo elegí la dignidad. Tú elegiste el glamour.

Ella se fue llorando.

Pero el acto final aún estaba por llegar.

El escándalo pronto estalló.

Durante semanas, la prensa económica española repitió el mismo titular con diferentes palabras: «Empresario sevillano investigado por fraude fiscal y blanqueo de capitales». El nombre de Nicolás Álvarez aparecía una y otra vez, acompañado de cifras, empresas fantasma y fotografías de actas judiciales. La vida de lujo de la que había ostentado durante años empezó a desmoronarse como un castillo de arena.

Lo observé todo desde la distancia, sin alegría ni resentimiento. Solo con una calma extraña, casi recién descubierta.

Una tarde, mientras trabajaba en el estudio de arquitectura de Barcelona, ​​recibí una llamada inesperada. Era Estefanía.

—Rebeca... —Su voz era irreconocible—. ¿Podemos vernos?

Acepté. No por obligación, sino porque sabía que esta reunión era necesaria para cerrar el asunto.

Nos conocimos en un café discreto, lejos de los lugares que solía frecuentar. Llegó sin maquillaje, sin joyas, con la espalda encorvada como si el peso de sus decisiones finalmente la hubiera alcanzado.

—Nicolás va a juicio —dijo sin rodeos—. Las cuentas están congeladas. La casa… ya no es nuestra.

Asentí lentamente.

"Lo sé."

Estefanía apretó los labios, conteniendo las lágrimas.

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