El hombre que se me acercó era discreto. Un traje oscuro sencillo, una postura segura, una mirada serena. Daniel Rivas.
Mi marido.
—Encantado de conocerte —dijo amablemente—. Soy Daniel.
Estefanía lo observó atentamente, intentando descifrarlo. No era famoso. No parecía millonario a primera vista. Nicolás respiró aliviado... demasiado pronto.
Después del funeral, nos reunimos en la antigua casa familiar. El ambiente estaba tenso. Estefanía no dudó en atacar.
—Entonces… ¿te casaste? —dijo con una risa forzada—. ¡Qué sorpresa! ¿A qué se dedica tu marido?
Daniel me miró. Asentí.
—Soy fiscal anticorrupción —respondió—. Trabajo en la Audiencia Nacional.
La copa de vino temblaba en la mano de Nicolás.
Estefanía frunció el ceño.
“¿Y eso es… importante?”
Daniel la miró fijamente.
“Depende de a quién le preguntes”.
Durante la cena, la conversación giró hacia los negocios. Nicolás habló con arrogancia sobre inversiones inmobiliarias, sociedades offshore y «optimización fiscal».
Cada palabra era una grieta.
Más tarde, Daniel tomó mi mano.
Rebeca... hay algo que necesito decirte. Tu ex... lleva meses bajo investigación. Blanqueo de capitales. Fraude. Empresas fantasma.
Lo miré sin sorpresa.
"Lo sé."
Daniel levantó las cejas.
"¿Cómo es eso?"
Porque uno de los proyectos que diseñé en Barcelona… era para una de sus empresas. Detecté irregularidades y las denuncié anónimamente. No quise que lo supieras hasta que fue inevitable.
