Daniel se sentó a mi lado, me tomó las manos y me habló con una firmeza que nunca antes había escuchado. «Le dije que se pasó de la raya. Que el mañana no se trata de ella, sino de nosotros. Y si no puede aceptarlo, no pertenece a este mundo».
Me dolía el pecho. Sabía lo que le había costado enfrentarse a ella. "¿Qué dijo?", pregunté.
Ella lo negó y luego lloró. Pero no cedí. Le dije que podía sentarse tranquilamente en la última fila o no aparecer. Y lo decía en serio.
El silencio que siguió fue pesado, pero estaba lleno de algo nuevo: certeza.
A la mañana siguiente, cuando me puse el vestido, me sentí más liviana, no porque el vestido fuera seguro, sino porque finalmente sabía dónde se encontraba Daniel.
A la ceremonia, Margaret llegó, majestuosa y silenciosa, con una expresión de piedra. Se mantuvo reservada, con la mirada baja y las manos fuertemente entrelazadas.
Mientras caminaba hacia el altar, hacia Daniel, todo lo demás —el drama, las amenazas, el vestido robado— se desvaneció. Lo que quedaba éramos nosotros dos y los votos que estábamos listos para hacer.
En la recepción, Margaret apenas habló, apenas tocó su comida. Los invitados susurraban, desconcertados por su repentino silencio. Pero no me importó. Por una vez, ella no controlaba el guion.
Esa noche se convirtió en una historia que se susurraba entre amigos y familiares. Pero para mí, era más que un chisme: era una prueba. Una prueba de que el amor no se trata solo de romance. Se trata de unidad ante las tormentas.
Y cuando Daniel y yo compartimos nuestro primer baile, supe una cosa con certeza: nunca me arrepentiría de haberme mantenido firme.
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