Mi familia nunca me ayudó a comprar nada, pero en cuanto vieron mi nueva casa, la trataron como si fuera propiedad de la familia.

Ese fue el final que la mayoría no comprendió. No dejé de amarlos. Dejé de permitir que el amor fuera tratado como una llave maestra. Mi hermana pensaba que mi casa valía la pena, y tenía razón, pero no porque tuviera tres habitaciones, un patio cercado o una cocina llena de luz matutina.

Valía la pena vivir allí porque, por primera vez, nadie dentro tenía derecho a ignorar mi no.