Mi exmarido me dejó porque no pude darle un hijo. Diecisiete años después, entré en su prestigiosa gala… rodeada de cuatro rostros que él nunca imaginó ver a mi lado.

Nunca pensé que volvería a cruzarme con él, y menos en un entorno así. Esa noche, el Wilshire Grand Hotel relucía como una joya: la terraza de la azotea estaba bañada por la luz de las velas, las mesas cubiertas de seda crujían al pasar los camareros y un piano tocaba algunas notas sobre la luminosa silueta de Los Ángeles. La gala anual de la Fundación Educativa Monte Verde reunió a emprendedores, artistas y personalidades de los medios. Para mí, fue mi regreso a los escenarios tras años de ausencia de la vida social.

No había venido a presumir. Tenía una razón personal. Y no estaba solo.

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A mi lado, cuatro jóvenes adultos —altos, seguros de sí mismos, cada uno con su presencia distintiva— caminaban al unísono. Sus miradas se posaron en nosotros, intrigados por algo más que nuestra ropa: una unidad invisible y palpable. Sentí que la habitación se tensaba, y entonces una sola mirada atravesó el espacio y me dejó sin aliento. Me giré bruscamente y se me encogió el corazón.

Él. Gabriel Whitmore. El hombre que una vez llenó mi vida. El que prometió quedarse... hasta el día en que supo que no podía tener hijos. Cuando me dio la espalda, sentí como si mi alma se rompiera en pedazos. Han pasado diecisiete años desde entonces.

Gabriel estaba allí, impecablemente vestido con un esmoquin, con el pelo canoso recogido hacia atrás, sus ojos tan claros y penetrantes como siempre, solo que una nueva sombra los envolvía: la confusión. Su mirada se desvió de mí a los cuatro jóvenes que me acompañaban. La confusión se convirtió en pánico, luego en terror. Porque podía ver claramente lo inconfundible: los ojos grises de Tyler, los pómulos altos de Elena, la mandíbula de Lucas, la media sonrisa de Isla. Tantos rastros familiares que no podía borrar. Me había convencido de que nunca sería madre.

Apreté la mano de Isla. Se inclinó hacia mí, con los labios fruncidos.
"¿Es él, mamá?"
Asentí, sin apartar la vista de Gabriel.
"¿Crees que huirá?", susurró Lucas, medio irónico, medio serio.
"No", respondí con la voz más tranquila de lo que esperaba. "Se acercará. Necesita respuestas más que nadie, y lo sabe".

Gabriel dio un paso adelante, rígido, agarrando su vaso. Tras unos pasos, se detuvo con la voz ronca.
"¿Samantha?"

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