Mi esposo recibió un regalo de Navidad de su primer amor y, cuando lo abrió frente a nosotros, dijo: “Tengo que irme”, con lágrimas en los ojos.

Ni siquiera se molestó en quitarse los zapatos. Caminó directo hacia mí, metió la mano en el bolsillo y me ofreció la pequeña caja arrugada.

"¿Estás listo para saberlo?", preguntó.

Mi corazón latía con fuerza al quitársela.

Abrí la caja lentamente, preparándome para una carta o tal vez un viejo recuerdo. Lo que encontré fue mucho peor de lo que había imaginado.

Dentro había una fotografía, un poco descolorida, claramente manipulada muchas veces. Mostraba a una mujer de pie junto a una adolescente. La mujer era Callie. Parecía mayor, pero su expresión me sonaba de un viejo álbum universitario que Greg me enseñó una vez. Sus ojos parecían cansados, su boca esbozaba una media sonrisa que parecía más arrepentimiento que felicidad.

Pero la chica a su lado...

Tenía unos quince o dieciséis años. Tenía el pelo castaño de Greg, la misma forma de su nariz. No se parecía en nada a Callie, y era inconfundible que se pareciera a él.

En el reverso de la foto, escrito con la misma caligrafía circular, había un mensaje:
"Esta es tu hija. El día de Navidad, de 12 a 2, estaremos en el café que nos encantaba. Ya sabes cuál es. Si quieres conocerla, esta es tu única oportunidad".

Me temblaban las manos al mirar a Greg. Se había hundido en el sofá, con la cabeza hundida entre las manos.

"Greg... ¿qué significa esto?", pregunté con la voz entrecortada.

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