La nota de este año decía: "Gracias por esforzarte tanto". Me picaban los ojos.
Nuestra hija, Lila, tenía 11 años.
La Navidad pasada debía ser como todas las demás: cálida, familiar y llena de un caos predecible: cintas enredadas, chocolate derramado, risas por todas partes. Pero una semana antes de la festividad, llegó algo que, silenciosamente, deshizo esa expectativa.
Era una cajita, envuelta en un elegante papel color crema que se sentía suave, casi aterciopelado, al tacto. No tenía remitente, solo el nombre de Greg escrito en la parte superior con una letra femenina y ondulada que no reconocí.
Era una cajita.
Estaba clasificando el correo en la encimera de la cocina cuando la vi. "Oye", grité, "llegó algo para ti".
Greg estaba junto a la chimenea ajustando la guirnalda. Se acercó lentamente y cogió la cajita, pero se detuvo. Su pulgar recorrió la escritura como si llevara un mensaje que solo él podía oír. Entonces pronunció una sola palabra que llenó la habitación de aire.
"Callie".
Ese nombre... no lo había oído en más de una década.
"Callie".
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