Mi esposo nos dio un beso de despedida a nuestro hijo y a mí y dijo que tenía que irse temprano a un viaje de negocios. Lo llevé al aeropuerto; todo parecía perfectamente normal, hasta que mi hijo de cinco años me tiró de la manga y me susurró: «Mamá... deberías vigilar a papá».

Se agachó para abrazar a Mateo, y fue entonces cuando mi hijo me tiró suavemente de la manga. Su voz era apenas un susurro: «Mamá, deberías vigilar a papá». Reí por reflejo, intentando no asustarlo, pero sentí un nudo extraño en el pecho. Los niños no suelen decir esas cosas sin motivo. Javier se despidió, caminó hacia la entrada y levantó la mano. Me quedé allí unos segundos más, observando.

Apenas pasaron cinco minutos. En lugar de entrar en la zona de embarque, vi a Javier salir por la misma puerta, mirando a su alrededor. Se dirigió a la parada de taxis y subió rápidamente, como si tuviera prisa por desaparecer. Mi corazón empezó a latirme con fuerza. Sin pensarlo dos veces, me subí al coche y seguí al taxi a cierta distancia, intentando no perderlo en el tráfico.

El viaje no fue largo. El taxi se detuvo frente a un edificio discreto, lejos del centro y sin señal visible. Javier pagó, sacó su maleta y tocó el timbre. La puerta se abrió casi al instante. Una mujer de unos cuarenta años lo abrazó con cariño, y detrás de ella, apareció una niña pequeña que corrió hacia él gritando: "¡Papá!".

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. En ese instante, comprendí que el viaje de negocios nunca había sucedido. Permanecí inmóvil en el coche, con las manos temblorosas sobre el volante, observando cómo los tres subían sin mirar atrás. Pensé en Mateo, en su advertencia, en cada excusa que había aceptado sin rechistar. Sabía que nada volvería a ser igual y que estaba a punto de enfrentar la verdad más dura de mi vida.

Esperé varios minutos antes de atreverme a bajar del coche. El miedo se mezclaba con una rabia silenciosa que me mantenía en vilo. Anoté la dirección, tomé una foto del edificio y me fui a casa con la cabeza llena de preguntas. Apenas dormí esa noche. Javier no llamó, no envió mensajes, y su teléfono estaba apagado. A la mañana siguiente, dejé a Mateo en la escuela y llamé para avisar que estaba enfermo. Necesitaba respuestas, no suposiciones.

Regresé al edificio a media mañana.

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