Mi esposo me llamó de repente y preguntó, sin rodeos:
—¿Dónde estás ahorita?
Yo estaba en casa de mi hermana, en una colonia tranquila de la Ciudad de México, celebrando el cumpleaños de mi sobrina. La sala estaba llena, había risas, globos y olor a pastel recién cortado.
—En casa de mi hermana —respondí—. Está toda la familia aquí.
Del otro lado de la línea cayó un silencio raro, pesado, como si algo se hubiera atorado en el aire.
Entonces habló, con una voz que no le conocía:
—Escúchame bien. Agarra a nuestra hija y salte de esa casa ahorita mismo.
Solté una risa nerviosa, de esas que salen cuando algo no cuadra.
—¿Qué? ¿Por qué?
Me gritó, ya sin contenerse:
—¡Hazlo ya! ¡No preguntes nada!
Esa voz no era la suya. No era coraje. Era miedo puro, miedo de verdad.
Tomé a mi hija en brazos y empecé a caminar hacia la salida. El corazón me latía tan fuerte que sentía que todos podían escucharlo. Lo que pasó después fue aterrador.
La voz de mi esposo ya no sonaba como él.
Estaba tensa. Controlada a la fuerza. Aterrada.
—¿Dónde estás exactamente? —preguntó.
Miré alrededor de la sala de mi hermana Mariana. Globos rosas flotaban cerca del techo. Mi sobrina Lucía abría regalos sentada en el piso, mientras los tíos reían y grababan con sus celulares, diciendo que ese video iba directo al grupo de la familia.
—En casa de mi hermana —repetí—. Es el cumpleaños de Lucía. Está toda la familia.
Silencio.
Demasiado largo.
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
