El técnico, Germán Palacios, entró en ese momento con un maletín lleno de escáneres. Era un hombre bajo y calvo, con gafas gruesas, que no perdía el tiempo en cortesías. Cuando vio el dispositivo, su color de piel pasó de pálido a cenizo en cuestión de segundos.
—Necesito que todos se alejen, menos la paciente —dijo Germán con voz tensa—. Esto no es una bomba de infusión estándar. Es un dispositivo modificado.
Germán pasó un escáner manual sobre el aparato. La máquina emitió un pitido agudo y constante. —Señora, no se mueva. Ni un milímetro.
—¿Qué es? ¿Es una bomba? —preguntó Jimena, el pánico cerrándole la garganta.
—No es un explosivo convencional —explicó Germán, trabajando rápidamente para cortar el vendaje sin tocar el dispositivo—. Es un inyector de presión dual. Tiene dos compartimentos. Uno pequeño que está liberando algo ahora mismo, y uno grande, sellado, que está programado para abrirse cuando ese contador llegue a cero.
—¿Y qué pasa cuando llegue a cero? —preguntó Mendoza desde la puerta.
Germán miró el reloj. —Falta una hora y catorce minutos. Si mis cálculos son correctos, basándome en la hora del vuelo de su esposo… este contador estaba programado para llegar a cero cuando el avión estuviera a mitad de camino, sobre el océano Pacífico, lejos de cualquier aeropuerto.
Con manos de cirujano, Germán extrajo el catéter del cuerpo de Jimena. Ella soltó un grito ahogado de dolor, pero el alivio fue inmediato. Germán colocó el aparato dentro de una caja de seguridad transparente y sellada.
—Vamos al laboratorio. Necesito analizar el líquido de esos compartimentos. Y señora Montes… necesito que un médico la vea ya. Lo que sea que haya estado goteando en su cuerpo durante la última hora, necesitamos saber qué es.
Media hora después, el mundo de Jimena se derrumbó por segunda vez ese día.
Estaba acostada en una camilla de la enfermería del aeropuerto, conectada a monitores cardíacos. Mendoza entró, su rostro era una máscara de furia contenida. Junto a él venía Germán.
—Lo tenemos —dijo Germán—. El primer compartimento contenía heparina diluida. Es un anticoagulante.
—¿Para qué? —preguntó Jimena.
—Para preparar su cuerpo —respondió Germán con brutal honestidad—. La heparina adelgaza la sangre. Pero el segundo compartimento… el que se iba a abrir en el aire… contenía una dosis masiva y concentrada de Warfarina y otros agentes químicos corrosivos.
Jimena se llevó las manos a la boca. Mendoza continuó la explicación, su voz grave. —Señora Montes, si ese dispositivo se hubiera activado en el avión, usted habría sufrido una hemorragia interna masiva en cuestión de minutos. Habría parecido una complicación obstétrica repentina. Un desprendimiento de placenta, tal vez. Nadie habría sospechado de asesinato. Habrían dicho que fue una tragedia médica por su edad y su condición. Usted y su bebé habrían muerto antes de que el avión pudiera aterrizar de emergencia.
—¿Asesinato? —la palabra sonaba extraña en su propia voz—. ¿Quién querría matarme? Soy una maestra jubilada. No tengo dinero. No tengo enemigos.
Mendoza sacó su radio. —Tenemos al oficial Vargas bajo custodia. Encontramos mensajes en su teléfono. Le pagaron 20 millones de pesos para dejarla pasar sin revisión. El mensaje vino de un número desechable, pero las instrucciones eran claras: “Asegúrate de que suba al avión. El paquete se encarga del resto”.
Jimena cerró los ojos y la imagen de Isabela vino a su mente. Isabela insistiendo en el viaje. Isabela llevándola con el doctor Serrano. Isabela pagando la consulta en efectivo. Isabela susurrándole a Javier que la dejara atrás.
—Fue ella —susurró Jimena—. Isabela.
La investigación se movió con una velocidad vertiginosa. Mendoza contactó a las autoridades mexicanas. El vuelo de Javier estaba por aterrizar. Pero mientras la policía coordinaba la captura internacional, Jimena tuvo que enfrentar una verdad aún más dolorosa gracias a la llegada de su hermana Claudia, quien irrumpió en el hospital como un huracán.
Claudia siempre había desconfiado de Javier. “Es demasiado perfecto, demasiado débil”, solía decir. Claudia había contratado a un investigador privado meses atrás, sospechando que Javier ocultaba bienes. Lo que el investigador había encontrado, y que ahora le mostraban a Jimena en una laptop sobre la cama del hospital, era la pieza final del rompecabezas macabro.
No era solo Javier. Javier era un títere. Isabela Durán no era solo una manager; los documentos la vinculaban con empresas fantasmas utilizadas para lavar dinero de un cártel mexicano. Y lo más escalofriante: había un testamento falsificado. Un documento que Jimena supuestamente había firmado, cediendo todos los derechos sobre la música y los bienes de Javier a un fideicomiso controlado por Isabela en caso de que “algo le sucediera a la familia”.
—El bebé —dijo Claudia, temblando de rabia—. El bebé lo arruinaba todo. Un heredero legítimo complicaría la transferencia de bienes. Necesitaban que murieras tú y el bebé. Y Javier… Javier es tan estúpido que probablemente firmó su propia sentencia de muerte sin saberlo.
En ese momento, una noticia de última hora apareció en la televisión de la habitación. “Tragedia en Bogotá: Reconocido ginecólogo, el Dr. Ricardo Serrano, es hallado muerto en su consultorio. Aparentemente un suicidio”.
Mendoza, que estaba en la habitación, maldijo. —Están limpiando los cabos sueltos. Señora Montes, usted no está segura aquí. Saben que fallaron. Saben que usted está viva.
La noche se convirtió en una pesadilla de traslados secretos. Sacaron a Jimena del aeropuerto en una ambulancia blindada, llevándola a un hospital universitario bajo un nombre falso. Roco, el perro héroe, fue llevado a una perrera de seguridad, pero incluso allí, el largo brazo del crimen intentó llegar. Un intento de secuestro del perro fue frustrado por la policía; los criminales sabían que el olfato de Roco era la evidencia principal que conectaba el dispositivo con los químicos del cártel.
Mientras tanto, en el aeropuerto de Ciudad de México, Javier Montes bajaba del avión esperando ver a los promotores de la gira. En su lugar, se encontró con agentes federales.
La imagen de Javier siendo esposado dio la vuelta al mundo en minutos. Pero no fue hasta que lo sentaron en una sala de interrogatorios y le mostraron las fotos del dispositivo que llevaba su esposa, que la realidad perforó su burbuja de egoísmo.
—Esto es lo que su manager le puso a su esposa —le dijo el agente mexicano, lanzando las fotos sobre la mesa—. Iba a matarla sobre el océano. ¿Usted sabía?
Javier miró las fotos, pálido como un papel. Vomitó en el suelo. Lloró como un niño. Juró que no sabía nada, que él solo quería cantar, que Isabela se encargaba de todo. Y en su patética desesperación, Javier se convirtió en la mejor arma de la fiscalía. Cantó. No sus baladas románticas, sino la verdad sobre las cuentas, las reuniones secretas de Isabela con hombres peligrosos, las firmas que él había estampado sin leer.
Isabela Durán fue arrestada en su hotel de lujo en Polanco. Incluso con las esposas puestas, mantenía la cabeza alta, una sonrisa fría en los labios. Creía que su red de contactos la salvaría. No sabía que en Bogotá, otra mujer estaba a punto de unirse a la lucha.
Mónica, la exesposa de Javier, a quien él había dejado por Jimena tres años atrás, apareció en el hospital. Había sobrevivido a un “accidente” automovilístico misterioso justo antes del divorcio. Ahora, al enterarse de la noticia, Mónica contactó a la policía. Tenía guardados los reportes mecánicos de su accidente: los frenos habían sido cortados. Isabela había intentado matar antes. El patrón estaba completo.
Durante las siguientes semanas, Jimena vivió en una habitación de hospital convertida en búnker. Su presión arterial subía y bajaba peligrosamente. Cada dolor, cada calambre, le hacía temer por su hijo. ¿Habría afectado el estrés al bebé? ¿El veneno que alcanzó a entrar?
Javier fue extraditado a Colombia. No como prisionero, pues colaboró tanto que se le consideró testigo protegido y víctima de fraude, pero su carrera estaba acabada. El público no perdona a un hombre que deja a su esposa embarazada a merced de los lobos, aunque él no fuera el lobo principal.
El día que Jimena entró en labor de parto, dos meses antes de lo previsto, el hospital estaba rodeado de prensa. Fue un parto difícil, lleno de miedo. Pero cuando el llanto de un bebé llenó la sala de operaciones, Jimena supo que había ganado.
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