—Es… es un dispositivo médico. Una bomba de infusión de vitaminas para el bebé. Mi doctor me la puso para el viaje —explicó Jimena, las lágrimas comenzando a rodar por sus mejillas.
Vargas, el otro oficial, resopló con impaciencia. —Mendoza, es una señora mayor embarazada. El perro seguro olió las hormonas o los químicos de las vitaminas. Déjala pasar. Están haciendo un escándalo y mira la fila.
Pero Mendoza no se movió. —El protocolo es claro. Si el perro marca, revisamos. Señora, tiene que acompañarnos a la sala de inspección.
Javier se quitó las gafas, revelando su rostro famoso, rojo de ira. —Esto es inaudito. Oficiales, mi esposa dice la verdad. Tenemos una conferencia de prensa en México en cuatro horas. Isabela, haz algo.
Isabela se adelantó, su voz suave pero firme. —Oficiales, entiendo su trabajo, pero esto es un error. El dispositivo fue instalado por el doctor Serrano, una eminencia. Si la retienen, perderá el vuelo y Javier tiene compromisos contractuales ineludibles.
Mendoza negó con la cabeza. —Ella se queda para revisión. Si ustedes quieren perder el vuelo, es su decisión.
Lo que sucedió a continuación rompió algo dentro de Jimena que ni el tiempo podría reparar. Vio cómo Isabela le susurraba algo al oído a Javier. Vio cómo su esposo, el hombre que le había jurado amor eterno ante el altar hacía solo tres años, miraba su reloj, miraba la puerta de embarque y luego la miraba a ella con una expresión de resignación cobarde.
—Jimena, cariño… no puedo faltar a la conferencia. Es el lanzamiento de la gira. Tú… tú quédate, aclara esto y toma el siguiente vuelo. Yo te espero allá.
Jimena sintió como si le hubieran dado una bofetada física. —¿Javier? ¿Me vas a dejar aquí? ¿Sola? ¿Con la policía y este perro?
—Es solo un trámite, amor. Isabela tiene razón, no podemos perder los dos el vuelo. Nos vemos en la noche.
Javier se dio la vuelta. No la abrazó. No la besó. Simplemente, tomó su maletín y caminó hacia la zona de embarque seguido por Isabela, quien ni siquiera se molestó en mirar atrás. Jimena vio la espalda de su esposo alejarse, desapareciendo entre la multitud, dejándola a merced de unos oficiales que la miraban con sospecha.
Mientras la conducían a una sala fría y estéril, con Roco siguiéndola de cerca como un guardián de la muerte, Jimena pensó que ese era el peor momento de su vida. Pensó que la soledad y el abandono eran el punto máximo de su dolor. No tenía idea de que, en realidad, Javier al irse le había hecho un favor. Porque si ella hubiera subido a ese avión, si hubiera logrado sentarse en ese asiento de primera clase tal como estaba planeado, ni ella ni su bebé habrían llegado vivos a México.
El perro no estaba ladrando por error. Roco había olido algo que el doctor Serrano había escondido bajo su piel, algo que estaba haciendo tic-tac en silencio, esperando el momento exacto en que el avión estuviera sobre el océano para liberar un infierno en su sangre.
La sala de revisión era un cubo blanco, sin ventanas, iluminado por tubos fluorescentes que zumbaban con un sonido irritante. Jimena estaba sentada en una silla de metal, abrazando su vientre, mientras el oficial Mendoza y una agente femenina, la sargento Reyes, la observaban. Roco estaba echado junto a la puerta, pero sus orejas seguían alertas, sus ojos dorados clavados en Jimena con una intensidad que la hacía temblar.
—Señora Montes —dijo Reyes, poniéndose unos guantes de látex—, necesito que se levante el vestido y nos muestre el dispositivo del que habla.
Jimena obedeció, con manos temblorosas. Levantó la tela holgada de diseñador que Isabela le había comprado. Pegado a su costado derecho, bajo las costillas, había un aparato rectangular, sujeto con un vendaje médico transparente de alta tecnología. Tenía una pequeña pantalla digital y un tubo delgado que desaparecía dentro de su carne a través de un catéter subcutáneo.
—Es para las vitaminas —repitió Jimena, su voz quebrada por el llanto—. El doctor Serrano dijo que mi embarazo es de alto riesgo, que necesitaba nutrientes constantes durante el viaje.
Mendoza se acercó, frunciendo el ceño. —He visto bombas de insulina y bombas de quimioterapia. Nunca he visto una bomba de vitaminas que se vea así. Vargas, llama a Germán, el técnico de explosivos y dispositivos biomédicos. Ahora.
Vargas, que estaba recostado contra la pared revisando su celular con nerviosismo, resopló. —Mendoza, estás paranoico. Es un tratamiento de ricos. Déjala ir, ya perdió el vuelo de todas formas.
—¡Llama a Germán! —gritó Mendoza, golpeando la mesa. Vargas salió de la sala murmurando maldiciones.
Mientras esperaban, Jimena miró el dispositivo. La pequeña pantalla tenía números rojos. Siempre había pensado que indicaban la dosis, pero ahora, mirándolos con la ansiedad devorándola, notó algo extraño. Los números no eran estáticos. Cambiaban. Retrocedían.
01:15:32… 01:15:31… 01:15:30…
—Es una cuenta regresiva —susurró Jimena.
Mendoza se inclinó bruscamente. —¿Qué dijo?
—Los números… están contando hacia atrás. ¿Por qué una bomba de vitaminas tendría una cuenta regresiva?
Aby zobaczyć pełną instrukcję gotowania, przejdź na następną stronę lub kliknij przycisk Otwórz (>) i nie zapomnij PODZIELIĆ SIĘ nią ze znajomymi na Facebooku.
