Habían priorizado su reputación por encima de su dignidad.
Me enfrenté a su madre y le dejé claro que, hasta que no se disculparan y aceptaran la verdad, no tendrían cabida en nuestras vidas.
Semanas después, en una reunión de la iglesia, alguien me hizo la pregunta que ya había escuchado demasiadas veces:
“¿Cuál es el tuyo?”
No lo dudé.
—Ambos —dije con firmeza—. Son mis hijos. Somos una familia.
El silencio se extendió por la habitación.
Por primera vez, Anna me apretó la mano con confianza en lugar de con miedo.
