La ambulancia llegó en ese momento. El bebé fue trasladado al Hospital Miguel Servet, mientras la policía se quedaba para documentar el procedimiento. El caso requería informes detallados, ya que se había certificado la muerte de Clara y ahora se revelaba que el feto seguía vivo.
En el hospital, el bebé ingresó en la UCI neonatal. Las pruebas iniciales mostraron que había sufrido hipoxia moderada debido al tiempo transcurrido, pero su corazón aguantaba. Los médicos hablaron con Álvaro durante horas, explicándole posibles escenarios. Muchos tenían incertidumbre, otros esperanza.
"Tu hijo es fuerte", le dijo Fernanda horas después, agotada pero con una sonrisa sincera. "Tiene muchas posibilidades de salir adelante".
Álvaro rompió a llorar como no lo había hecho desde que todo empezó. Fue un llanto de dolor, pero también de alivio. Había perdido a Clara, pero no al hijo que ambos habían esperado con tanto amor.
Aun así, lo más difícil estaba por llegar: saber si ese pequeño sobreviviría los siguientes días, donde cada minuto sería crucial…
Los días siguientes fueron un torbellino emocional para Álvaro. Pasó horas junto a la incubadora, observando a su hijo —a quien decidió llamar Mateo, el nombre que Clara había elegido— conectado a monitores, cables y un respirador. Cada pitido del monitor le arrancaba un suspiro. Cada pequeño movimiento del bebé era una victoria silenciosa.
Los especialistas del hospital trabajaron incansablemente. Mateo tenía dificultad para respirar y necesitaba monitoreo constante. Sin embargo, respondía sorprendentemente bien al tratamiento. Cada mañana, la Dra. Fernanda visitaba la UCIN para evaluar su progreso, y poco a poco, su expresión se fue volviendo más optimista.
—Está luchando —le dijo un día, poniéndole una mano en el hombro—. Tu hijo quiere vivir.
Después de ocho días, Mateo logró respirar por sí solo durante unos minutos. Después de doce, abrió los ojos por primera vez mientras Álvaro lo observaba. Fue un instante breve, pero suficiente para desarmarlo por completo. Fue como si Clara, en algún rincón del silencio, le hubiera dejado un último regalo.
Tres semanas después, el equipo médico decidió que Mateo ya no necesitaba cuidados intensivos. Permanecería hospitalizado, pero su vida ya no corría peligro inmediato. La noticia recorrió el hospital como un rayo de esperanza. Muchos miembros del personal habían seguido el caso desde el principio: la cesárea perimortem, el rescate de último minuto, la lucha del bebé por sobrevivir.
Finalmente, un mes y medio después, Álvaro pudo abrazar a Mateo sin cables ni mascarillas. Lo abrazó con una mezcla de orgullo, gratitud y profunda tristeza por la inevitable ausencia de Clara. Pero también sabía que su esposa habría deseado ese momento más que nada en el mundo.
El día de su alta, Fernanda se despidió con un cálido abrazo.
“Cuídalo bien”, le dijo. “Esta historia pudo haber terminado diferente. Pero Mateo está aquí porque no te rendiste”.
Álvaro miró a su hijo dormido y sintió que por fin podía respirar de nuevo. Había vivido la tragedia más difícil de su vida, pero también había encontrado una nueva razón para seguir adelante.
Y ahora, mientras abrazaba a su pequeño al salir del hospital, lo único que podía pensar era en compartir esta historia para que otros recordaran lo frágil y preciosa que es la vida
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