La revelación me dejó sin aliento. Nunca se había privado de algo por incapacidad, sino por amor. Cada sacrificio que hizo fue un paso hacia mi futuro.
Entonces llegó la carta. Unas líneas sencillas y tiernas en las que explicaba que había querido darme la libertad de elegir mi vida, sin miedo al mañana. Lo había planeado todo: la casa, las facturas, mis estudios, incluso ese teléfono que nunca me había atrevido a pedir.
Lloré como nunca antes, abrumada por una mezcla de dolor y gratitud.
Honrando el amor a través del futuro

Unos días después, solicité el ingreso al programa de trabajo social que soñaba desde pequeña. Me aceptaron casi de inmediato.
Esa noche, bajo las estrellas, le hablé en voz alta. Le prometí ayudar a mi vez, echarle una mano como él me había echado.
El mayor secreto de mi abuelo no fue el dinero que había ahorrado, sino el inmenso amor que había invertido en silencio para que yo algún día pudiera volar por mi cuenta.
