—No estoy en venta —dijo, apartando el sobre—. Y su oferta es ofensiva.
Alejandro entró antes de que la tensión explotara. Carmen calló para no romperlo todo frente a Daniel. Se tragó la humillación como quien se traga un vidrio, y salió.
Tres días después, Alejandro la llamó a su oficina con una carpeta abierta. Documentos. Deudas. Un informe médico confidencial. Información que Carmen no podía creer que alguien hubiera obtenido.
—Necesito que aclares esto —dijo él, con una seriedad que dolía.
Carmen sintió que la confianza se deshacía. Explicó: la deuda era real, pero nunca buscó que se la pagaran; el estudio clínico existía, sí, pero lo consideró por desesperación, no por codicia. Y entonces lo dijo, como una herida que por fin se abre:
—Tu madre me ofreció dinero para desaparecer.
Alejandro se quedó rígido. Y antes de que pudiera responder, Carmela entró con un investigador, como si el juicio ya estuviera organizado. Sacaron un incidente antiguo: un exjefe acusado de acoso, una denuncia retirada, una compensación. La insinuación era venenosa: que Carmen había cambiado silencio por dinero.
Carmen se quebró por dentro. No porque fuera culpable, sino porque entendió algo terrible: en ese mundo, el contexto no importaba. Solo importaba la historia que los poderosos decidían contar.
Tomó su bolso.
—Tienen mi renuncia —dijo, con una dignidad que le temblaba en la garganta—. No voy a trabajar donde mi carácter se cuestiona cada día, por más que necesite el dinero.
Y se fue.
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