Pero Carmela vio la llamada. Vio la salida apresurada. Y decidió que eso era suficiente para “confirmar” lo que ya creía.
Cuando Carmela se quedó a solas con Carmen en la sala de terapia, fingió cortesía. Luego soltó la verdad como quien arroja una piedra:
—Sé lo de tu hermano en el Hospital San Ángel. Sé tu deuda. Y sé que mi hijo quiere ayudarte con la fundación.
Carmen sintió frío en la nuca. No por miedo, sino por la invasión.
—Mi vida privada no tiene relación con mi trabajo —dijo.
—Al contrario —respondió Carmela—. Lo tiene todo.
Entonces sacó un sobre. Un cheque suficiente para pagar la deuda, garantizar un año de tratamiento. Y una condición: desaparecer. Alejarse de Daniel y de Alejandro.
Carmen miró el sobre como si fuera veneno. La tentación no era el lujo; era la salud de Miguel. Y lo peor fue reconocer que por un segundo —un segundo mínimo— el pensamiento de aceptar le rozó el corazón. No por ambición, sino por desesperación.
Ese segundo la avergonzó. Y luego la encendió.
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