Esa noche, en su mansión de Las Lomas, Alejandro no pudo dormir. Daniel, por una vez, sí. Y mientras el niño respiraba tranquilo, el padre se quedó en su oficina con la computadora encendida, buscando todo lo que podía sobre Carmen Sánchez. No para invadirla, se repetía, sino para proteger a Daniel. Para saber si esa luz era real o solo un reflejo.
A la mañana siguiente, su asistente Héctor le entregó una carpeta: Querétaro, criada por la abuela tras la ausencia de los padres; tres años en la UNAM; voluntariados; un método de comunicación para niños autistas que había desarrollado por su cuenta. Nada escandaloso. Nada turbio. Y, sin embargo, Alejandro notó un detalle: en todo ese resumen había una palabra ausente. “Ayuda”. Nadie parecía haber ayudado a Carmen. Todo lo había cargado sola.
—Quiero que la invites a trabajar con Daniel —dijo Alejandro—. Como acompañante terapéutica. Bien pagado. Con beneficios. Y si quiere volver a estudiar, que lo haga.
Héctor lo miró con la cautela de quien ha visto demasiadas veces cómo la esperanza puede ser un negocio para otros.
—¿Está seguro, señor?
—Estoy seguro de algo —respondió Alejandro—: mi hijo se conectó con ella como no se ha conectado con nadie.
Carmen recibió la invitación con manos temblorosas en la oficina del gerente del restaurante. Le dijeron “Alejandro Vega” como si fuera un título. El chofer, el Mercedes, los muros altos de Las Lomas… todo le gritaba que estaba entrando a un mundo donde la gente creía que el dinero podía comprarlo todo. Y Carmen tenía cicatrices que la obligaban a desconfiar.
Aun así, aceptó ir. No por ambición. Por Daniel. Porque reconoció en ese niño la misma soledad que había visto en Miguel, su hermano, y en ella misma cuando el mundo se hizo demasiado pesado.
La entrevista no fue una entrevista. Fue una prueba silenciosa. Alejandro le ofreció un sueldo cinco veces mayor, apoyo para vivienda, seguro médico, y hasta financiamiento para retomar la universidad. Carmen casi dijo que no por orgullo. Pero cuando vio a Daniel aceptar opciones claras, comer sin sentirse invadido, y mirarla por un segundo como reconociéndola, supo que ahí había algo que no podía ignorar.
—Lo intentamos tres meses —propuso, por fin—. Pero con una condición: autonomía para aplicar mi enfoque. Y flexibilidad para volver a estudiar.
Alejandro sonrió. Aquel “con una condición” no sonaba a capricho; sonaba a dignidad.
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