—Mira… el azul siempre se esconde primero, ¿verdad? —dijo, casi en secreto—. A mi hermano también le pasa.
Daniel no respondió, pero sus dedos se detuvieron un segundo. Ese segundo, para Alejandro, fue como oír el primer trueno después de meses de sequía.
—¿Tú también juegas eso? —añadió la mesera—. Si tú eliges, yo te acompaño. Sin prisa.
Y de pronto, con un movimiento que parecía imposible, Daniel dejó la tableta a un lado. La mesera, sin celebrar demasiado, colocó una servilleta en la mesa y acercó una cuchara. Daniel la tomó. Sus manos, que tantas veces temblaban cuando alguien le pedía algo, se movieron con una intención distinta. Se llevó comida a la boca. Comió.
Alejandro sintió que se le humedecían los ojos antes de entender por qué. No era solo que Daniel comiera. Era que, por primera vez en mucho tiempo, el mundo parecía tener una puerta que no estaba cerrada con llave.
—¿Cómo lo hiciste? —preguntó Alejandro, con la voz quebrada.
La mesera se encogió de hombros como si no hubiera hecho nada extraordinario.
—No es nada, señor. Mi hermano menor también es autista. Aprendí algunas cosas… probando. Escuchando. Respetando.
Se llamaba Carmen Sánchez. Tenía veinticuatro años. Cabello oscuro recogido en una cola de caballo. Ojos que no buscaban impresionar, sino entender. Había empezado psicología, pero dejó la carrera cuando su abuela enfermó; trabajaba para ahorrar y volver a estudiar. Lo dijo con la misma sencillez con la que había logrado que Daniel sostuviera una cuchara.
Alejandro, que en negocios confiaba en su instinto más que en cualquier gráfico, sintió algo que le resultó casi ofensivo por lo raro: esperanza.
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