Me vendieron por unas pocas monedas, pensando que no valía nada. Lo que no sabían era que el sobre que puso sobre la mesa expondría la mentira que moldeó mi vida.

Era don Ramón Salgado.

Todos conocían su nombre. Era dueño de un rancho enorme cerca de Real del Monte y vivía solo en las montañas. Decían que era rico, pero frío. Que su corazón se había endurecido tras la muerte de su esposa.

—Vine por la muchacha —dijo rotundamente.

Mi corazón se detuvo.

—¿Para María? —preguntó Clara, forzando una sonrisa—. Está débil. Come demasiado.

—Necesito ayuda en el rancho —respondió—. Te pago hoy. En efectivo.

Eso fue todo.

Sin preguntas. Sin vacilaciones. Solo dinero puesto sobre la mesa, contado rápidamente, como si fuera un electrodoméstico roto al que devolvían.

—Empaca tus cosas —me dijo Ernesto—. Y no montes un escándalo.

Todo lo que tenía cabía en una sola bolsa de lona: ropa usada, un par de pantalones y un libro con páginas sueltas.

Clara ni siquiera se puso de pie.

"Menos mal", murmuró.

El viaje fue insoportable. Lloré en silencio, con las manos apretadas, imaginando todas las pesadillas que mi mente pudiera inventar. ¿Por qué un hombre querría a una chica sola en un rancho de montaña? ¿Un trabajo interminable? ¿Algo peor?

El camino subía cada vez más alto hasta que finalmente llegamos.

El rancho no era lo que esperaba.

Era amplia y ordenada, rodeada de pinos. La casa era robusta, limpia y se veía bien cuidada. Dentro, todo olía a café y madera. Viejas fotografías adornaban las paredes. Nada parecía amenazante.

Don Ramón se sentó frente a mí en la mesa.

—María —dijo con una voz inesperadamente suave—, no te traje aquí para hacerte daño.

No entendí.

Metió la mano en un cajón y sacó un sobre amarillento sellado con cera roja. En el anverso había una sola palabra:

Voluntad

—Ábrelo —dijo—. Mereces saber la verdad.

Creí que me habían vendido para sufrir.

Pero ese sobre contenía una verdad que nadie me había dicho jamás.

Me temblaban las manos al desdoblar el papel. Su sonido llenó la habitación.

Leí una línea.

Luego otro.

Y de repente, algo dentro de mí se abrió, no para romperme, sino para reconstruirme.

Ese documento no era sólo un testamento.

Fue una explosión.

Decía que mi nombre no era María López.

Decía que mi identidad había estado oculta durante diecisiete años.

Decía que yo era la hija única de Alejandro de la Vega y Elena Morales, una de las familias más respetadas y poderosas del norte del país.

Habían muerto en un terrible accidente cuando yo era un bebé. Sobreviví por pura casualidad.

Todo lo que construyeron…me pertenecía.

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