Las semanas siguientes fueron brutales, pero de otra manera. Declaraciones. Fotos. Citas en el juzgado. Noches despertándome aterrorizada, convencida de haber oído su llave en la cerradura. Me mudé a un pequeño apartamento con la ayuda de un refugio local. No era mi hogar, pero era un lugar seguro.
Jason fue acusado. Su familia me culpó. Algunos amigos guardaron silencio. Otros me sorprendieron quedándose.
La sanación no llegó de golpe. Fue lenta. Desigual. Incómoda. Pero cada mañana que despertaba sin miedo a oír pasos detrás de mí se sentía como una victoria.
Aún no era libre, pero ya no guardaba silencio.
El juicio duró seis meses. Seis meses reviviendo recuerdos que había intentado enterrar. Jason no me miraba a los ojos en el tribunal. Cuando el veredicto de culpabilidad fue declarado culpable, no parecía enojado.
Parecía pequeño.
La gente suele preguntar por qué me quedé tanto tiempo. La verdad es incómoda: el abuso no empieza con los puños. Empieza con la duda. Con la culpa. Con alguien que te convence de que el dolor es normal y que lo mereces.
Empecé terapia. Aprendí cómo el miedo reconfigura el cerebro. Cómo el silencio se convierte en supervivencia. Cómo irse no es una sola decisión, sino cientos de pequeñas decisiones tomadas bajo presión.
Hoy, mi vida es más tranquila. Trabajo en una pequeña empresa de marketing. Tomo café sin inmutarme ante los ruidos repentinos. Me río más. Confiar todavía requiere esfuerzo, pero la paz es real.
