Respondí: “Ese es exactamente el problema”.
El divorcio se formalizó discretamente tres meses después. Sin dramas judiciales. Sin venganza. Solo distancia.
Lo que más me sorprendió no fue perder a un marido, sino darme cuenta de cuánto de mí misma había silenciado para mantener cómoda a otra persona.
Ha pasado un año desde aquella cena en la azotea. Me mudé a un lugar más pequeño, más cerca del trabajo. Repinté las paredes. Organicé cenas donde nadie tenía que reírse a costa de los demás. La vida no se volvió perfecta, pero sí auténtica.
Me encontré con Daniel una vez en un supermercado. Parecía mayor, cansado. Intercambiamos saludos educados. No hubo satisfacción en el momento, solo claridad. No necesitaba que se arrepintiera para seguir adelante.
Lo que me impactó fue la facilidad con la que la falta de respeto se esconde tras el humor, y la frecuencia con la que se enseña a la gente a tolerarla en silencio. Antes creía que la fuerza significaba resistencia. Ahora sé que también significa reconocer cuándo el silencio te cuesta el respeto propio.
Las palabras en el espejo no fueron escritas para castigarlo. Fueron para mí: un recordatorio de que las palabras importan, sobre todo las dichas en público y consideradas bromas.
