Me pagaban por fingir ser la nieta de un veterano ciego todos los domingos, pero después de su fallecimiento, su último deseo cambió mi vida para siempre.

"¿Qué?"

“Cambiaste mis últimos años.”

Las lágrimas llenaron mis ojos.

—No, Walter —susurré—. Tú cambiaste el mío.

Él sonrió.

Ninguno de los dos necesitó decir nada más.

Tres semanas después, Linda llamó.

En el instante en que escuché su voz, lo supe.

“Se ha ido.”

Me senté en la cama y lloré durante horas.

No porque hubiera perdido mi trabajo.

Porque había perdido a alguien a quien amaba.