No hubo abrazo. Se quedó mirando el muro, que ya avanzaba imponente por el frente del rancho.
—Mamá, ¿qué es esta locura?
—No es locura, Roberto. Son instrucciones de tu padre.
—Mamá, por favor… Papá estaba enfermo. Muy enfermo.
—Tenía mal el corazón, Roberto. No la cabeza.
—Mira esto —señaló el muro—. ¡Estás construyendo una fortificación colonial! ¡Estás delgada, estás sucia, tienes las manos llenas de heridas!
—Estoy trabajando.
—¿Para qué? ¿Para protegerte de qué?
—Del invierno que viene.
Roberto me miró como si hubiera dicho que veía marcianos.
—¿Del invierno? Mamá, estamos en octubre. Hace sol. Y aunque nevara, ¿para qué necesitas un muro de dos metros?
—Tu padre descubrió que este año se cumple un ciclo.
—¿Qué ciclo? Mamá, papá llevaba cinco años jubilado.
—Nunca dejó de estudiar.
Roberto se suavizó al verme los ojos rojos.
—Mamá, lo siento. No quiero pelear. Pero estoy preocupado. La gente dice que hablas sola mientras trabajas.
—No hablo sola. Pienso en voz alta.
—Mamá, voy a quedarme el fin de semana. Pero tienes que prometerme que dejarás de trabajar un poco. Y quiero ver esos “planos” de papá.
Le enseñé la carpeta de cuero. Roberto la abrió y empezó a examinar los documentos. Su expresión cambió de incredulidad a curiosidad técnica.
—Mamá… estos cálculos estructurales son perfectos. Especificaciones de drenaje, resistencia de materiales… Calculó para vientos de más de 140 kilómetros por hora.
Le tendí la carta.
—Lee esto.
Roberto leyó en silencio.
—“Ciclos de sesenta años… anomalías de presión…” —murmuró—. Mamá, ¿hay más cartas?
—Sí. Hay una para cada situación. Incluso una por si intentaban echarme del rancho.
Roberto levantó la vista.
—¿Echarte?
—O convencerme de vender.
Esa noche vio un coche parado en el camino vecinal, luces apagadas, dos hombres mirando hacia el rancho. Cuando encendimos la luz del porche, arrancaron a toda velocidad.
—Tenías razón —dijo Roberto—. Aquí pasa algo raro. Y no es solo el clima.
A partir de entonces trabajamos juntos. Roberto era fuerte y metódico. El muro creció rápido: piedra, cemento, drenajes perfectos. Mientras tanto, investigó a “Inversiones Sierra S.A. de C.V.”, la empresa que Beatriz mencionaba tanto.
Una tarde Beatriz volvió, esta vez con un hombre de maletín.
—Margarita, este es el Doctor Álvarez. Psiquiatra. Ha venido a charlar contigo.
Roberto salió del cobertizo, manos sucias de mortero.
—Hola, tía Beatriz. ¿Qué hace un psiquiatra en casa de mi madre sin invitación?
Beatriz palideció.
—Roberto… no sabía que estabas aquí. Pensé que…
—Mi madre está perfectamente —dijo Roberto con voz fría—. De hecho, estamos trabajando juntos. Y tengo una pregunta para ti. ¿Quién es “Inversiones Sierra S.A. de C.V.”?
Beatriz retrocedió.
—No sé de qué me hablas.
—Sí lo sabes. Es la empresa que quiere comprar el rancho por una miseria. Y tú figuras como intermediaria.
—¡Eso es mentira! —gritó ella—. ¡Lo hago por su bien! ¡Está loca! ¡Va a gastarse los ahorros en ese muro absurdo!
—Fuera de mi casa —ordené yo, avanzando—. Fuera tú y tu médico.
El psiquiatra intentó mediar. Roberto lo cortó.
—Lárguense.
Cuando se fueron, Roberto me miró.
—Mamá, he estado revisando datos históricos. El invierno de 1965 fue brutal. Casas derrumbadas, ganado muerto. Y ocurrió exactamente sesenta años después de la gran nevada de 1905.
—El ciclo —susurré.
—Sí. Papá tenía razón. Hay un patrón. Y si los cálculos son correctos… nos quedan dos semanas.
Trabajamos como posesos. Las grandes puertas de acero llegaron de la herrería de Cuauhtémoc. El muro se cerró casi por completo.
Daniel, el joven meteorólogo que ocupó el puesto de Guillermo, vino corriendo una mañana.
—Doña Marga… los barómetros se han vuelto locos. La presión ha caído en picado. Viene una masa polar monstruosa. En 48 horas…

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