Me llamaron ‘la viuda loca’ por levantar un muro… hasta que el cielo se volvió negro y el miedo se apoderó de todos

—¿Instrucciones? Marga, cariño, ¿te estás escuchando? Guillermo ya no está. Esas ideas… esas obsesiones de levantar muros no van a traerlo de vuelta. Tienes que aceptar la realidad.

Apreté los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. No era la primera vez que cuestionaban mi cordura. Medio San Isidro ya apostaba a que el dolor me había vuelto loca. Pero nadie sabía de las cartas.

La primera la encontré una semana después del entierro, dentro de su vieja caja de herramientas en el cobertizo. Junto a ella había unos planos detallados al milímetro para construir el muro. La letra temblorosa de Guillermo, mi querido meteorólogo jubilado, decía:

“Mi amada Marga, si estás leyendo esto, significa que ya no estoy aquí para proteger nuestro hogar. Construye el muro según el plano. Parecerá una locura, lo sé, pero confía en mí como siempre lo has hecho. Se acerca algo grande.”

Seguí trabajando. El sol subía y calentaba la piedra, pero yo sentía un frío interior que no se iba con nada.

Esa misma tarde apareció Beatriz, la hermana de Guillermo. Siempre había sido una mujer de ciudad: rubia ceniza perfecta, bolso de marca, mirada de quien considera el campo un lugar pintoresco pero incómodo. A sus cincuenta y cinco años nunca ocultó que pensaba que yo, una chica de pueblo, no era suficiente para su hermano “intelectual”.

—Margarita, tenemos que hablar. Esto se nos ha ido de las manos. Eres la comidilla de toda la comarca —dijo sin saludar siquiera.

Nos sentamos en las sillas de mimbre del porche, frente al rancho de adobe y piedra que Guillermo había restaurado con sus propias manos hacía cuarenta años. La propiedad estaba en una zona alta, rodeada de pinos y encinos, lejos del centro turístico del pueblo. Era nuestro paraíso privado.

—Beatriz, no puedes seguir con esta obsesión. Guillermo murió. Tienes que aceptarlo y pasar página. Esto del muro es… grotesco.

—Acepto que murió, Beatriz. Lo acepto cada mañana cuando me despierto y la cama está vacía. Pero eso no significa que vaya a ignorar su última voluntad.

—¿Qué voluntad, por Dios? Estás hablando de un hombre que estaba muy enfermo en sus últimos meses. La medicación, el dolor… quizás no pensaba con claridad cuando escribió esas supuestas cartas.

Sentí una punzada de ira caliente en el pecho.

—Guillermo tenía el corazón débil, es verdad. Pero su mente fue brillante hasta el último suspiro. Era meteorólogo, Beatriz, y uno de los mejores. Siempre estuvo obsesionado con los patrones climáticos.

—Sí, sí, lo sé. Pero en sus últimos años se pasaba horas mirando datos viejos y haciendo cálculos que nadie entendía. Eso no es ciencia, Marga, eso es senilidad.

—¡Respeta la memoria de tu hermano! —le espeté, levantándome de la silla.

Ella suspiró con condescendencia.

—Marga, no hace falta que seas grosera. Intento ayudarte. He hablado con Roberto. Viene este fin de semana. Hemos estado hablando… Quizás sea mejor que vendas este rancho. Es demasiado grande para ti sola. Podrías irte a un departamento en la Ciudad de México, cerca de él, o a una residencia asistida aquí en el pueblo.

—¡No voy a vender el rancho! —grité—. Este es mi hogar. Aquí está mi vida.

Cuando Beatriz se fue, volví al muro. Ya tenía casi un metro de altura. Según los planos de Guillermo, debía superar los dos metros y rodear toda la parcela. Faltaban meses de trabajo. Mientras colocaba las piedras pensaba en mi hijo. Roberto siempre fue pragmático, como su padre, pero sin su imaginación.

El sábado llegó, y con él, el coche de Roberto. Bajó vestido de ciudad, zapatos que no eran para pisar tierra, expresión seria de quien tiene que “resolver problemas”.

—Hola, mamá.

—Hola, hijo. Qué sorpresa.

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